Master of the Heavenly Yard; Capítulo 4-Los Héroes; Escena 5
El Sol salía en el horizonte. Frente a la puerta principal del palacio se encontraba la Fuerza Aliada Espontanea de Lucifenia, organizada por los voluntarios. Al final, Arth entrecerraba los ojos y miraba de frente al ejército enemigo.
La batalla había comenzado. Primero, necesitaban conocer sus habilidades y el poder de sus armas de última generación. Un equipo fue formado por un pequeño número de élites para ese propósito, siendo dirigidos por George Ausdin, el héroe del ejército de Lucifenia. Sabía que tenía alguien de su propia descendencia en el ejército enemigo, por lo que se ofreció a hacerlo. Algún tiempo después, la unidad principal regresó.
—¿Está bien, General Ausdin? —Arth le dio la bienvenida al propio George.
—Sí, gracias.
—Bien, ¿y cómo te fue? Con lo del poder del ejército moderno.
—Bueno, es complejo. Sus armas pueden disparar, y tienen un buen alcance. El objetivo es preciso. Además, detrás del enemigo había algo aún más peligroso. Una estúpida artillería autopropulsada hecha de hierro. Parece bastante difícil lidiar con eso. —La cara de George parecía algo cansada.
—… Ya veo.
—Pero también les hemos visto muchas debilidades.
—¿Eh? Y esas son…
—No quiero decir mucho, pero mi descendiente, Tony, ¿verdad? No parece estar acostumbrado a comandar ese ejército. Los soldados también usan uniformes militares que tienen diseños sutilmente diferentes. Sorprendentemente parecen ser una gran multitud.
—Sin embargo, es lo mismo para nosotros. —Arth exhaló un poco, mirando a su alrededor.
—Ciertamente, no somos solo soldados regulares de Lucifenia. Hay bastantes civiles. Después de todo, aproximadamente solo la mitad decidieron participar en la batalla.
—Estoy agradecido de que solo la mitad de ellos hayan querido hacerlo.
—E incluso si les dices civiles, no puedes despreciarlos. Después de la muerte de Su Majestad, el ejército de Lucifenia perdió ante aquel ejército civil.
—… Así fue, ¿qué más averiguaste?
—Mariam parecía preocupada hace un momento, pero nuestros soldados fueron disparados con armas enemigas y nadie murió o desapareció. Todavía no estoy seguro de su artillería autopropulsada, pero si no se atreven a usarla, es poco probable que tenga poderes especiales, tal vez solo sea un cañón poderoso. Si pudieran matar un alma con eso, entonces ya lo habrían hecho.
El análisis de George parecía ser correcto, pero eso no despejó los temores de Arth.
Tony había dicho que estaba esperando la llegada de la unidad principal. Esa unidad podría conllevar una amenaza adicional. Se trataba de un “arma que sí podría borrar las almas”. Y, como dijo George, no podían matar, pero podían hacer sentir dolor. Algunos soldados ya tenían las caras desfiguradas y parecían haber perdido la voluntad de luchar.
Incluso si no morían, las consecuencias eran las mismas a si dejaban de luchar. Si continuaban atacando, el ejército de Lucifenia no podría detener al enemigo a corto plazo. Cómo ya lo sabían, era probable que esta batalla fuese abrumadoramente desventajosa para ellos.
Junto a Arth, había una persona que se acercó rápidamente. Era Anne, su reina.
—No puedes verte así frente a tus súbditos.
—Oh, sí… Lo siento.
—Nadie es como tú. ¿Alguna vez has experimentado alguna batalla sin ganarla? Tú y los tres héroes siempre han ganado al final, fuera cual fuera la situación.
—Pero esta vez es inútil. Para nosotros, es difícil luchar contra un ejército del futuro.
—Por favor, cree en tu poder. Para tus seres queridos… puedes hacer milagros.
—Eso es cierto. La diosa de la victoria está muy cerca. —Arth besó suavemente la mejilla de su amada esposa.
—Ja, ja, ¿sabes, Arth?
—¿Qué?
—Tengo un presentimiento, de que pronto vendrá algún refuerzo confiable… Lo presiento.
—Tu intuición siempre acierta. Te creo, pero… por ahora solo tenemos que hacer lo que podamos nosotros mismos.
—Habrá otro momento para coquetear con tu esposa —interpuso Leonhart con una cara amarga—. Mira hacia adelante, Arth. El enemigo no parece estar esperando a que nos movamos.
—¡¿Atacamos desde el otro lado esta vez?!
Al tratar de decidirlo con cierta hostilidad. Vieron una unidad con pistolas avanzando poco a poco. También estaba la artillería autopropulsada de hierro que había dicho George.
—Bueno, ¿qué hacemos, Arth?
—No hay solución. Sin embargo, no podemos escapar. Así que en tal caso, solo hay una cosa que hacer.
—Ya veo. —El caballero león rojo le sonrió a su maestro—. Eres el general. Denos órdenes.
—Sí
Las fuerzas enemigas se acercaban. El Rey de Lucifenia, Arth I, gritó en voz alta:
—Todo nuestro ejército, ¡al ataque!

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