Capítulo 4, Sección 1-El Monasterio a la Orilla del Mar; Escena 2

Praefacio de Azul, páginas 235-238


♣ Yukina ~ En el Antiguo Territorio de Lucifenia, «Cerca de la Puerta Principal del Monasterio» ~



El Monasterio de Held estaba más allá de la panadería, al final de un camino de colina empinada.

Germaine abrió las puertas sin dudarlo mientras se comentaba a sí misma «Oh, Dios, así que así es como se ve», mientras entraba. Corrí tras ella nerviosamente. Este monasterio fue construido gracias a las donaciones de mi padre, pero nunca había puesto un pie en él hasta hoy.

Había sido mucho más intenso subir por el sendero de la colina que conducía aquí de lo que había anticipado, así que cuando miré a mi alrededor me quedé un poco sin aliento. Dentro de los terrenos, que no eran tan grandes, había varios campos, un cobertizo de almacenamiento y dos edificios principales. Uno de esos edificios era probablemente el propio monasterio. El más grande tenía un campanario, por lo que probablemente era ese.

Junto al cobertizo de almacenamiento, un niño de mi misma edad estaba sujetando algunas herramientas agrícolas. Se fijó en nosotras dos y se acercó con un puchero en la cara. Tenía una azada en la mano derecha.

—¿Tienen algún negocio aquí? Si están aquí para adorar o buscar alojamiento, entren al monasterio. La granja está fuera del alcance de todos excepto los miembros del monasterio y los huérfanos de aquí.

Incluso así, tenía una mirada amenazante, como si en cualquier momento pudiera atacarnos con la azada. A pesar de su afirmación, la única forma de llegar al monasterio era atravesando la granja (a menos que hubiera una entrada trasera que no conociéramos), por lo que su enojo hacia nosotras me pareció un poco irrazonable.

Germaine también pareció ofenderse con su comportamiento y habló en tono obstinado: «¡Qué actitud hacía los invitados es esa! Parece que este lugar no disciplina a sus niños en absoluto».

—¡No hables mal de las hermanas! Y en cuanto a que ustedes sean invitadas… ¿¡Qué tipo de negocios tienen y con quién!?

—Uhh, bueno, eso es… ¿Por qué era?

Germaine me miró de reojo, como implorando ayuda. Me acerqué al chico.

—Vinimos aquí para ver a una de las hermanas del monasterio.

—… ¿A quién? ¿A qué hermana vinisteis a ver? Dime su nombre.

—A-

Justo cuando comencé a decir su nombre, escuché que alguien llamaba el niño desde el interior del edificio.

—¡Denis! ¡No seas tan descortés con las invitadas!

Una monja se nos acercó corriendo.

Tenía cabello blanco claro y ojos rojos. Y de alguna manera, parecía tener más peso del que había tenido cinco años antes.

Una vez que llegó ante nosotras, inclinó la cabeza en señal de disculpa sin mirarnos a la cara.

—¡Lo siento muchísimo! Es un buen chico, pero recientemente ha entrado a una etapa rebelde…

Germaine también se dio cuenta de quién era la monja. Ella pareció sorprendida.

—Bueno, esto es una sorpresa. Apenas puedo creer que me haya encontrado contigo aquí, en un lugar como este…

Ante las palabras de Germaine, la monja levantó bruscamente la vista y la miró a la cara.

—¿Eh? ¿Que está pasando aquí? ¿¡Señorita Germaine!? ¿Qué estás haciendo aquí?

A continuación, la monja desvió su mirada hacia mí, junto a Germaine. Pero ella parecía no poder reconocerme, mirándome con una expresión de desconcierto por un momento.

Eso era comprensible. Hace cinco años solo tenía nueve. Ahora era mucho más alta y supongo que mi rostro era un poco más adulto.

Estaba el yo en sus recuerdos, y el yo ante sus ojos ahora. Parecía como si las dos imágenes se convirtieran gradualmente en una dentro de su mente, ya que pude ver sus ojos rojos llenarse rápidamente de lágrimas. Y luego fuimos las dos las que estuvimos a punto de llorar.

Incapaz de soportarlo más, corrí a sus brazos y la abracé tan fuerte como pude. Me dio unas suaves palmaditas en la cabeza, tal como lo había hecho cuando nos separamos hacia cinco años.

—… Te has vuelto bastante grande, joven señorita Yukina.

Lloré fuerte, sin importarme lo que pensaran las personas a nuestro alrededor.

—¡Tenía tantas ganas de verte, Clarith…!

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