Pecados Capitales del Mal: Quinto, Pierrot, Páginas 251-257
–Se encontraba en un templo.
Había innumerables pilares blancos a los lados de una larga escalera. En el otro extremo, había lo que parecía un solo pilar que era incluso más grande que el resto de ellos.
Gumillia había visto edificios como este en Divina Levianta anteriormente. Como recordó, era lo que los lugareños llamaban un «templo».
Solo que los templos de Levianta no estaban tan limpios: Los pilares solían estar agrietados y las estatuas de bronce estaban oxidadas.
Sin comprender aún cómo había llegado hasta allí, Gumillia empezó a subir las escaleras. Había perdido el conocimiento después de quedar atrapada en la explosión del gato rojo, y cuando se despertó estaba ya ahí.
¿Había muerto el gato rojo, Irina?
¿A dónde se había ido Elluka?
Buscando esas respuestas, Gumillia continuó subiendo las escaleras. Eso era todo lo que podía hacer, pues el templo donde estaba no tenía salida.
Probablemente este no era un lugar normal.
Tal vez la había arrojado aquí el último hechizo de Irina.
No había olor a nada vivo en el aire. No pudo detectar ningún signo de vida que pudiera haber en un bosque, una ciudad o una cueva.
Quizás Gumillia había muerto por la explosión. Ya sea por el impacto de la explosión misma, o por ser aplastada por una roca. Si fue eso, ¿era este el Cielo? ¿Podía un espíritu que se había reencarnado en un humano ir al cielo, de hecho?
Eran escaleras largas.
A Gumillia le pareció que incluso podrían ser interminables.
Pero había un punto final. La base del enorme pilar blanco debía ser la parte superior de las escaleras.
Creyendo en eso, siguió adelante.
A medida que se acercaba a la cima, la forma del enorme pilar se hizo más clara para ella. En lugar de un pilar, se parecía más a una pluma estilográfica gigante, o tal vez a una lanza. Su punta se afilaba hasta un punto y el cuerpo principal había adquirido un brillo peculiar.
Cuando finalmente llegó a la parte superior de las escaleras, el suelo extendió en un cuadrado abierto. Se dio cuenta de que la enorme pluma estilográfica que había estado mirando todo este tiempo estaba en el centro de esa plaza.
Y en la base misma de la pluma estilográfica había una mujer.
Su largo cabello rosado estaba recogido en su espalda, y vestía ropa roja, incluida una gargantilla del mismo color.
—Ah, Gumillia, llegaste —dijo. Aunque estaban separadas por una distancia considerable, su voz sonaba lo suficientemente fuerte como para que pareciese que estaban una al lado de la otra.
Al escuchar su voz, Gumillia inmediatamente se dio cuenta de que ella era Irina.
—¿Es esta, tu verdadera forma?
—Sí. Es mi apariencia de cuando todavía era humana… Los tres restantes aparecerán en breve. Cuando lo hagan, comenzaremos.
Gumillia miró a su alrededor.
No había ninguna figura aparte de la de Irina, pero notó cuatro escaleras en cada dirección de la plaza. Excluyendo la de la que había salido Gumillia, tres. Cada una de ellas se extendía por debajo de la plaza.
Alguien se acercaba de una de ellas.
Parecía una mujer joven con uniforme de sirvienta. Gumillia sintió una sensación de incomodidad por su apariencia, pero no sabía muy bien la razón.
Primero se volvió hacia Irina, luego hacia Gumillia, y pareció un poco sorprendida.
—Ha pasado un tiempo desde que me reuní con «humanos»… O no, supongo que tú no eres uno. —Señaló a Gumillia—. Ahora que me fijo bien, eres Gumillia, ¿no? Nunca pensé que llegaría el día en que volvería a verte.
—No te conozco.
Hoy debía ser el día en que los desconocidos se pusieron de acuerdo para hablaran familiarmente con ella.
Gumillia dejó que su malestar se reflejara en su rostro.
—Ya veo. Tal vez hayas perdido tus recuerdos debido a esa «regla» establecida por el Tercer Período. Como sea. … Y en cuanto a ti… —Esta vez la mujer con el uniforme de sirvienta señaló a Irina—. Tampoco eres una verdadera «humana». Eres un «Niño Ghoul» que Seth creó al intentar copiarme.
Irina no respondió.
Ella solo continuó mirándolo, sin decir palabra.
Incapaz de comprender la situación, Gumillia le habló a Irina:
—Irina, ¿quién demonios es ella?
—Viene alguien más.
Otra nueva figura subió las escaleras.
Una mujer con coletas verdes.
Michaela: el nombre de la chica que una vez fue un espíritu como Gumillia le vino de repente a la mente. Pero ella inmediatamente alejó ese pensamiento.
Michaela no tenía unos ojos tan fríos.
Entonces eso significaba que ella era…
—… Eve Moonlit.
Sí, la «Princesa del sueño».
Pero estaba segura de que Elluka se había apoderado de ella. Gumillia no podía entender lo que estaba haciendo aquí.
Podía oír pasos desde la escalera restante. La última persona estaba subiendo.
Era, una vez más, una mujer.
Tenía el pelo rubio y corto, y vestía una bata blanca.
Francamente, Gumillia había pensado que la última persona sería Elluka, pero la mujer que apareció no tenía ni el más mínimo parecido con ella. En todo caso, su rostro se parecía más a la de la mujer con uniforme de sirvienta que había aparecido antes.
La mujer de la bata blanca miró a las cuatro personas que estaban en la plaza y luego bajó la mirada en silencio, como si hubiera llegado a comprender algo.
Una vez más, Gumillia le preguntó a Irina:
—Irina, ¿qué demonios es esto? ¿Qué es este lugar y esta gente? No sé qué significa esto. ¿Dónde está Elluka…?
—Elluka está muerta —respondió Irina con crueldad.
Por un momento, Gumillia se quedó sin palabras. No obstante, de alguna manera recuperó la compostura y le preguntó a Irina los detalles.
—… Así que quedó atrapada en la explosión después de todo…
—No, no es eso. Elluka murió hace mucho tiempo. La maté hace seiscientos años.
—…
Gumillia sabía a dónde quería llegar.
Y finalmente entendió la situación.
Irina se había dado cuenta de la verdad: que «Elluka Clockworker» no era «Elluka».
—Si preguntas dónde está tu maestra, «Elluka Clockworker», entonces… ella está ahí.
La persona a la que Irina señaló mientras miraba hacia otro lado era la mujer de la bata blanca, que seguía mirando hacia abajo.
Gumillia se acercó lentamente a ella y le dijo:
—¿Has… recordado todo?
La mujer vestida de blanco asintió.
—Sí. A decir verdad, me acordé cuando tomé a Eve en mí misma.
—Ya veo… —Gumillia colocó la palma de su mano en la mejilla derecha de la mujer—. Así que este es tu verdadero rostro… tu verdadera forma. Elluka… No–
Gumillia se detuvo.
Y, asintiendo con la cabeza para fortalecer su resolución, murmuró su verdadero nombre.
—Levia.

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