Epílogo; Escena 3

Pecados Capitales del Mal: Quinto, Pierrot, Páginas 294-296



A Julia se le permitió una salida temporal bajo la vigilancia de Ayn.

Ya no podía caminar por sí misma.

Razonaron que no había posibilidad de que escapara.



De camino a la plaza Milanais, pasaron por la finca Abelard en el primer distrito.

La anciana no respondió cuando la vio. Pero Ayn, por otro lado, la miró con sentimientos encontrados.

Heidemarie y Hanne.

Las dos se habían fugado una vez más.

«¿Qué estarán haciendo ahora?

Quiero decir, son esas dos. No pueden haber muerto, estoy seguro de que podré volver a verlas».

Solo podía decirse eso a sí mismo.



La plaza Milanais estaba llena de gente.

De entre ellos, podían escuchar el sonido de una niña cantando.

—Qué hermosa voz, ¿quién es la que está cantando? —preguntó la anciana a Ayn.

—Es la famosa diva, Rin Chan. Parece que ha comenzado de nuevo su carrera como cantante en Lucifenia. … ¿Te gustaría estar un poco más cerca para poder verla?

—No, no me molesta estar con la multitud, podemos seguir aquí.

Una vez más, Ayn empezó a empujar la silla de ruedas.

La anciana miró hacia el cielo azul.

Y luego murmuró, profundamente conmovida:

—Lucifenia se ha vuelto en un país maravilloso… Solo con eso, mi vida ya ha tenido sentido. Ya no tengo nada de qué arrepentirme.

—… Ya veo.

Ayn también miró al cielo, como si la anciana la invitara a hacerlo.

El cielo estaba despejado, sin una sola nube.

Un solitario petirrojo volaba, elegantemente dirigiéndose al norte.

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