La Sastre de Enbizaka, páginas 16-23
Imagino que a estas alturas no hace falta que te lo explique, pero Onigashima se encuentra en la nación insular de Jakoku, y es un lugar único donde viven un gran número de extranjeros.
Como el shogunato de Eto, que gobierna sobre las tierras de Enbizaka, no acepta a los extranjeros y ha adoptado una política de aislamiento nacional, sólo a través de la única excepción, las tierras de Onigashima, pueden tener lugar las conexiones y el comercio con el extranjero en todo el país.
El que creó originalmente Onigashima, el antiguo magistrado de Izami, Okuto Gaou, era de ascendencia extranjera…
¿Eh? Ah, ya veo. No hace falta la lección de historia, ¿eh?
Bien, entonces déjame ir al meollo de la historia.
Sea como fuere, debido a diversas circunstancias había una gran cantidad de extranjeros y descendientes de ellos viviendo en la zona de Enbizaka, situada en el corazón de Onigashima.
En la colina de Enbizaka había muchas empresas comerciales extranjeras. La mayor de ellas era la Casa Comercial Freezis. La casa comercial en la que tú y tus compañeros vivíais hace un año.
El gran incendio que asaltó Enbizaka hace cuatro años… las primeras de sus llamas surgieron justo al lado de la Casa de Comercio Freezis.
En aquel momento, la dueña de la sastrería, Sudou Kayo, tenía dieciséis años. Había tenido un hijo con su marido, con el que se había casado a principios de año, y su negocio de sastrería, que había heredado de su difunta madre, empezaba por fin a funcionar.
… Sí, eran una pareja muy feliz.
Kayo amaba a su marido, y él amaba a Kayo.
Ambos se tenían un afecto tan fuerte que se transmitía con agudeza incluso a mí, que sólo podía observarlos desde las tijeras.
Pero ese día su marido había salido un rato, y Kayo estaba en la sastrería con su hijo.
Estaba haciendo su trabajo, a pesar de que ya había caído la noche.
Oyuka-san, de la tienda de horquillas situada dos edificios más allá, había hecho un pedido urgente.
Mientras vigilaba al bebé de pelo dorado que dormía plácidamente en el futón…
Sí, así es. El bebé que Kayo había dado a luz tenía el pelo dorado.
Era un poco extraño dado que el color de pelo de Kayo era un hermoso negro, y el de su marido era morado, pero como ambos descendían de extranjeros, simplemente habían imaginado que uno de ellos tenía alguien rubio en algún lugar de su linaje.
Al fin y al cabo, había otras personas en Onigashima cuyos niños tenían el pelo de un color diferente al de ellos.
En cualquier caso, sin perder de vista a su bebé, Kayo se puso su monóculo de trabajo y empezó a reparar diligentemente un pequeño agujero que se había abierto en un kimono de color morado claro.
Estaba en ello cuando su marido, que había salido por la noche, entró de repente con una expresión de asombro.
—Eh, Kayo. ¿Qué estás haciendo?
—Oh, cariño. ¿Qué qué hago? Como puedes ver, estoy trabajando.
—Ahora no es el momento para eso. Hay un incendio.
—… Oh, Dios.
—Las llamas que vienen de la casa de comercio en la colina se están extendiendo hacia aquí. Tenemos que salir de aquí o moriremos quemados.
A pesar de que el marido de Kayo era originalmente el hijo de un famoso clan de samuráis… o más bien, debido a ello, llegó a ser un ingobernable desde su adolescencia. Aún habiendo sido desheredado por ello, acabó siendo adoptado por la familia Sudou.
Desde muy joven tenía cicatrices por todo el cuerpo, tal vez debido a su naturaleza de vividor o quizás por las peleas en las que se metía, y era tan mal educado que a veces la gente que no lo conocía lo confundía con un criminal.
Uno se pregunta cómo es posible que Kayo se enamorara de un hombre así…
Bueno, a pesar de todo, gracias a que su marido se la pasó deambulando por la ciudad, pasándoselo bien esa noche, fue que enseguida se dio cuenta del fuego.
Por otro lado, Kayo era una mujer con tal poder de concentración que ni siquiera se había dado cuenta de que las llamas habían llegado a la casa de al lado hasta que se lo había comunicado su marido.
Kayo se apresuró a hacer los preparativos para huir de su casa.
Recogió a su hijo y luego pareció pensar por un momento en si podrían sacar algo más de la casa. Al parecer, llegó a la conclusión de que no había tiempo, y sólo cogió las viejas tijeras de coser de su madre que acababa de utilizar -las tijeras orientales y occidentales- y salió corriendo con su marido.
—Por aquí. Corre al otro lado del puente, al pie de la colina —dijo su marido, levantando la mano izquierda e indicando a Kayo que se acercara.
Tenía cicatrices de quemaduras en las manos, pero no las había sufrido durante el incendio.
Eran de cuando tenía quince años y se le insinuó a la mujer de un herrero, a la que su enfurecido marido hizo retroceder con una barra de hierro ardiendo.
Era un hombre bueno para nada, pero en su defensa, desde que dio sus votos siempre se había dedicado a Kayo, y nunca había hecho nada infiel a ella. Sólo en ese aspecto se le podía considerar un hombre razonable.
También esta vez hizo lo posible por proteger a Kayo y a su hijo. Había sujetado el cuerpo de Kayo por detrás para protegerlos de las llamas, y los llevó colina abajo.
Supuso que sólo tendrían que cruzar el puente de Soukyou… Es decir, una vez que hubieran pasado el río que fluía por debajo, estarían a salvo por el momento.
Pero Enbizaka estaba repleta de otras personas que habían pensado lo mismo, y también se dirigían hacia allí. El camino que bajaba la colina no era tan ancho, y no podían abrirse paso entre la multitud.
Mientras lo hacían, el fuego se acercaba cada vez más.
Kayo murmuró, mirando hacia la derecha:
—Cariño, la tienda de horquillas de Oyuka-san está en llamas.
—Ah, así es.
—Me pregunto si ella y su familia están bien…
—El fuego se ha extendido a la tienda de té de Kenkichi también. Supongo que nos quedaremos sin su delicioso manjuu durante un tiempo. Y tu takoyaki de atún favorito también… Maldición, apenas nos estamos moviendo.
—Podrías volar si te crecieran unas alas en la espalda… Como siempre dices en tus historietas, cariño.
—No son historietas. Realmente puedo volar. Pero normalmente escondo mis alas.
—Entonces ahora es el momento de usarlas, ¿no?
—… No. Pase lo que pase, no puedo escapar sin vosotros dos. Mis alas no son lo suficientemente fuertes como para llevaros mientras vuelo.
—Vale, vale… está empezando a hacer mucho calor. Avancemos rápido.
A pesar del hecho de que había peligro tras sus talones, estaban teniendo una conversación bastante casual.
Los dos eran siempre así.
Tal vez era porque tenían una personalidad tan similar que se habían enamorado el uno del otro.
-Pero, por supuesto, no era prácticamente el tipo de situación en la que podían permanecer tan relajados.
Las casas incendiadas a su alrededor estaban a punto de derrumbarse, y no habría estado de más que hubieran caído sobre la multitud que se agolpaba.
… Y eso es exactamente lo que ocurrió.
Ocurrió en un segundo.
En el lapso de un instante, la situación cambió por completo para Kayo y su familia.
En ese momento, lo único que pude hacer fue escuchar los gritos que volaban a mi alrededor.
Por desgracia, una casa en llamas se derrumbó justo donde estaban Kayo y su familia.
—¡Aagh!
Empujada hacia delante, Kayo se desplomó en el lugar, todavía con su bebé en brazos.
Un pilar de madera cayó sobre ella desde arriba.
No golpeó su cuerpo directamente, pero con las piernas inmovilizadas por el pilar caído, Kayo no podía moverse del sitio.
—¡Aaagh, quema, quema!
Kayo gritó al sentir que sus piernas ardían, tratando de encontrar alguna forma de deslizarse, pero sin lograrlo.
—¡Waaa, waaa!
El bebé que llevaba en brazos también gritó.
Kayo miró hacia el objeto que le inmovilizaba las piernas.
El pilar crepitaba con las llamas.
Estaba claro que el fuego pronto se trasladaría a la propia Kayo.
Y más atrás, había una montaña de escombros de varias casas, todas en llamas.
Kayo pareció darse cuenta de que su marido debía estar enterrado bajo todo aquello.
La había empujado hacia delante, para proteger a su mujer de los restos de las casas que se caían.
—¡Cariño! ¡Cariño! —Kayo gritó a los escombros en llamas, pero no hubo respuesta.
Aun así, siguió gritando por su marido.
Pero mientras lo hacía, las llamas en las piernas de Kayo subían por su kimono.
Finalmente, le envolvió todo el cuerpo.
—¡AAAAAGH!
Kayo empezó a gritar de nuevo, ahora de forma diferente.
Sin pausa, el fuego había empezado a quemar sus piernas, sus manos y su cara.
La cara de Kayo, famosa por su belleza, estaba horriblemente calcinada.
Ya sea por el calor que el fuego transmitía a su cuerpo, o porque pensaba en su marido,
Kayo siguió gritando durante un tiempo, pero finalmente…
Perdió el conocimiento.
No tengo brazos ni piernas,
Por lo que no podía hacer nada más que observar lo que ocurría.
La luna brillaba en el cielo.
Había una columna de fuego tan alta que casi parecía que podía alcanzarla.
Incluso los pájaros que volaban en el aire nocturno parecían quemarse.

Una respuesta a “Capítulo 1-El Relato de las Tijeras, Acto 1: El Gran Incendio; Escena 1”