Capítulo 1-El Relato de las Tijeras, Acto 1: El Gran Incendio; Escena 2

La Sastre de Enbizaka, páginas 23-30

No hubiera sido raro que la vida de Kayo terminara allí mismo.

Sin embargo, acabó abriendo los ojos de nuevo.

Cuando lo hizo, aparentemente no podía mover su cuerpo por el dolor.

Así que, al principio, lo único que hizo fue mirar con curiosidad un techo desconocido.

Ni siquiera sabía que a su alrededor había otras víctimas de quemaduras como ella, gimiendo y tumbadas en futones.

Estaba en la clínica del pueblo, al otro lado del puente, al pie de la colina.

Kayo había sido llevada allí después de haber sido descubierta derrumbada entre las ruinas carbonizadas del incendio.

Tenía quemaduras por todo el cuerpo.

Eran mucho más graves que las de los demás, y aunque no habría sorprendido a nadie que hubiera muerto, Kayo sobrevivió.

Quien le transmitió este hecho fue una mujer con un kimono rojo que había estado atendiendo a las víctimas de las quemaduras en las cercanías.

—Menos mal. Volviste en ti.

Kayo pareció reconocer su rostro.

—… Mei-san.

Mei era la mujer de la tienda de telas, la casa de los Miroku, al pie de la colina.

… Sí, así es.

Como bien sabes, ella fue la primera víctima del caso que ocurrió después.

La clínica la dirigía su padre, un médico. Así que en este caso ella le ayudaba a mantener a los pacientes en observación.

Por derecho, como esposa de una tienda de telas, ella y Kayo eran competencia; pero Mei sabía lo hábil que era Kayo, por lo que de vez en cuando iba a espaldas de su marido para encargar a Kayo trabajos que no podían realizar.

Así fue como se conocieron las dos.

—Tienes unas quemaduras terribles. Es un milagro que estés viva. Ha sido horrible.

—Sí…

—Mi casa está al otro lado del río, así que afortunadamente no ha sido alcanzada por el fuego, pero mi marido ha sufrido algunas quemaduras leves. Aunque no son nada comparadas con las tuyas… De todos modos, deberías descansar por ahora —dijo Mei, sonriendo suavemente a Kayo.

Pero a Kayo no se le pasó por alto el hecho de que había algo de lástima en su rostro.

—Mi marido… y… Ren…

A Kayo le dolió abrir la boca, pero aun así logró preguntarle eso a Mei.

Mei puso una expresión de nerviosismo por un momento, pero probablemente resolvió que no era algo que pudiera ocultarle.

Sacudió la cabeza con tristeza.

—Esa casa que se quemó… la única que sobrevivió a ser aplastada bajo ella… fuiste tú.

—… No puede ser…

Con esas palabras, Kayo comprendió que su marido y su hijo habían muerto quemados en el incendio.

Sus ojos se desbordaron de lágrimas, y comenzó a jadear bruscamente.

Mei intentó seriamente decir algo que la reconfortara, pero nada llegó a Kayo.

—Aaah… aaaaaah.

Dejó escapar un gemido, y entonces-

—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAGGG!

Aunque su garganta estaba quemada, y no debería haber sido posible que levantara la voz tan alto…

Kayo siguió gritando.

-El gran incendio había provocado grandes daños en el barrio de Enbizaka.

En particular, casi todos los edificios cercanos a la cima de la colina donde habían llegado las llamas habían ardido por completo.

Naturalmente… la sastrería de Kayo también.

El número de muertos se contaba por cientos, y casi todas las víctimas eran los que vivían en la colina de Enbizaka, como Kayo y los demás.

Okuto Gato, el decimocuarto jefe de la familia Okuto que era el actual magistrado del dominio de Izami, había llegado a la conclusión de que este gran incendio que se había producido en su propia tierra había sido provocado, y rápidamente se puso a buscar al criminal. Al final, sin embargo, no pudieron localizar a quien había iniciado el fuego.

Tras perder su hogar y la familia que amaba, Kayo se sumió en una profunda depresión.

Con el paso del tiempo, las heridas de las quemaduras se fueron curando, pero no pudo decir lo mismo de su corazón.

Todos los que la rodeaban se daban cuenta de que nunca podría volver a su vida normal y cotidiana.

Cuando por fin se recuperó lo suficiente como para poder caminar, Kayo acabó quedando bajo la custodia de la familia biológica de su difunta madre.

-Junto con las tijeras en las que moraba.

Cuando llegué a ese punto, Elluka, que había estado escuchando en silencio todo el tiempo, abrió la boca de repente.

—La familia biológica de su madre, hm… Entonces quieres decir… —Parecía estar familiarizada con esto—.  ¿La familia Okuto?

Confirmé que estaba en lo cierto.

Está bastante informada.

—Escuché la mayor parte de eso de Anan y de la propia Kayo. … Aparentemente ella tenía una situación familiar bastante complicada.

«Así es».

—Su madre, Kagura, era originalmente la hija mayor del magistrado Okuto Gato. Cuando tenía dieciséis años se escapó de casa para fugarse con un hombre, y así nació Kayo, eso es lo que he oído.

Fue como ella dijo.

Y yo había visto cómo sucedía todo.

«Sabes mucho más de lo que pensaba. Tal vez no sea necesario que me explaye así contigo».

—Yo no diría eso. Mi conocimiento sobre eso es sólo porque está relacionado a ti, a las tijeras.

«…»

—En ese momento, Kagura tenía en su poder un “tesoro” que se transmitía en la familia Okuto.

«Y ese tesoro eran estas dos tijeras… Eso es lo que quieres decir, ¿no? »

Elluka asintió.

«…Entonces, ¿por qué no le confiscaron las tijeras cuando estaba bajo la custodia de la familia Okuto? »

—…Buscando acorralarme, ¿eh? —Inmediatamente pude notar que Elluka se había disgustado un poco—. La respuesta a eso es también la razón por la que no pude llegar a ti -o debería decir, a tus tijeras- durante muchos largos años.

«Y has adivinado esa respuesta».

—Sí. Y por eso he venido a Jakoku, a este lejano país insular, tan fuera del camino de mi viaje. —Después de decir eso, la expresión de Elluka se volvió aún más irritada—. Pero justo cuando creía que había conseguido por fin lo que con tanto ahínco he buscado, aquí me dejan una vez más en la escoria de una cortina de humo.

«Ja, ja, ja».

Antes de darme cuenta, me estaba riendo.

No es que hubiera bajado la guardia con Elluka, sino que, como ella dijo, hacía bastante tiempo que no conversaba así con otra persona. Así que quizás en algún momento había empezado a disfrutar.

—… Bueno, eso está bien por ahora. Creo que la razón se hará evidente para mí si escucho tu historia un poco más.

Después de decir eso, se rió con descaro.

No pude saber si esa sonrisa en su rostro era genuina o no.

«Tengo mi propia pregunta para ti».

—¿De qué se trata?

«Dijiste que habías venido a este país para obtener las tijeras. … Entonces, ¿por qué no robaste las tijeras de inmediato?»

Por lo que sabía, Elluka había llegado a este país hace casi un año.

—…Tenía algunos problemas propios. Y mi venida a Jakoku no fue sólo con las tijeras como objetivo. … Incluso tú lo sabes, ¿no?

Que ella tuviera otro objetivo… Eso estaba claro al ver la actual apariencia de Elluka.

Pero no sirvió como respuesta a mi pregunta.

—Vamos, por favor, continúa con la historia de Kayo.

Elluka se apresuró a cambiar de tema, tal vez porque no quería tocar mucho este asunto, o porque lo juzgaba demasiado molesto para abordarlo.

«Muy bien, puedo hacerlo, pero… El siguiente relato es cuatro años después del gran incendio. En otras palabras, cuando llegaste a Enbizaka»

—Básicamente, yo misma voy a aparecer en tu historia, ¿hm?

«Sí, por lo que hay un montón de puntos que probablemente ya conozcas».

—No me importa. Tengo un poco de curiosidad por saber cómo… las otras personas me ven a m-Al ser llamado Elluka Ma Clockworker.

¿Así que así era…?

«Bueno, entonces, continuemos».

Una vez más comencé mi relato.

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