La Sastre de Enbizaka, páginas 69-70
Había una vez, en una tierra muy lejana, una princesa muy egoísta llamada Jahime.
Jahime no hacía más que gastar mucho dinero para divertirse.
Además, un día dijo lo siguiente:
—Haz que todo Jakoku sea mío.
En aquella época, Jakoku no era todavía un gran país.
Estaba formado por varios países más pequeños, y el de Jahime era poco más que uno de ellos.
Jahime unió fuerzas con una bruja que había venido de un país extranjero, y una a una las naciones a su alrededor cayeron en la ruina.
Y mucha gente fue asesinada.
Cuando todo Jakoku fue invadido por el miedo a Jahime y a la bruja, un joven samurái y solitario se levantó.
Era de sangre extranjera al igual que la bruja, y era capaz de ejercer un extraño poder.
Se decía que podía hacer brotar alas de su espalda y volar por el aire.
El samurái se hizo con aliados que habían venido de tierras extranjeras como él, y se enfrentaron a Jahime y a la bruja.
Uno de sus aliados, una mujer que podía utilizar artes oscuras, convocó un viento y alejó a las tropas de Jahime.
Su aprendiz golpeó a los soldados con una extraña pistola de mecha.
Y una anciana con una máscara de mono creó una hoja afilada para el samurái.
Cuando se acercaban al punto en el que podían derrotar a Jahime, la anciana de la máscara de mono fue asesinada por la bruja.
Mientras derramaban lágrimas de dolor, los samuráis finalmente derribaron a Jahime en Jagahara, y la bruja fue expulsada del país.
La usuaria de las artes oscuras y su aprendiz regresaron a su país de origen.
Y el samurái recibió del señor local la tierra de Izami en el sur, llegando a gobernar allí.
La hija de la anciana de la máscara de mono llegó a esa tierra, construyó una espléndida tumba para su madre y se quedó a vivir allí.
El samuráis atesoró la espada que había recibido de la anciana como una reliquia familiar durante el resto de sus días.
-Del «Cuento de Hadas Freezis, Historias Extranjeras».

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