La Sastre de Enbizaka, páginas 90-92
—¡Kayo-san! ¡Es terrible, terrible!
Oyuka entró corriendo en la casa de Kayo en estado de pánico.
En ese momento Kayo estaba trabajando en la reparación de un kimono. El kimono rojo que tenía en sus manos estaba roto por varios sitios y tenía varios agujeros, y los estaba cosiendo con hilo.
Kayo respondió a Oyuka, sin dejar de trabajar ni apartar la vista de la aguja:
—¿Qué pasa, Oyuka-san? Estás muy agitada.
—No te vas a creer esto. ¡La esposa de Miroku-san fue encontrada asesinada al pie de la colina!
En eso, Kayo hizo una pausa y miró hacia arriba.
—… ¿Cómo puede ser? —murmuró tranquilamente.
—Fue en el camino central y ocurrió anoche, así que dicen que fue un asesino o un bandido o algo así.
—Ya veo…
—Estoy muy asustada. Enbizaka acaba de recuperarse del Gran Incendio y ahora alguien ha sido asesinado —dijo Oyuka, arrodillándose en el tatami — La señora de la tienda Miroku era muy trabajadora y muy querida. Ayer estuvo trabajando hasta tarde, y cuando volvía a casa… ocurre esto. Oh, no puedo soportarlo, ahora nunca voy a poder ir tranquilamente por el camino de noche.
—Yo creo que sí…
—-Kayo-san, eras una conocida suya, ¿no? No… pareces muy angustiada.
—… ¿Eh? —Kayo puso cara de sorpresa.
—“Eh”, dices… ¿No me decías siempre que te confiaba mucho de su trabajo? —Al ver la expresión de Kayo, la propia Oyuka se mostró sorprendida.
—Una conocida… No, eso no puede ser. Nunca he visto a nadie de la tienda de Miroku.
Oyuka parecía completamente desconcertada al ver que Kayo decía tal cosa.
—Kayo-san… ¿qué estás…?
—Si tú lo dices, Oyuka-san, entonces supongo que podría ser así. … Pero, lo siento, en verdad la mayoría de mis recuerdos de antes del Gran Incendio son un poco vagos.
—Ah… Es cierto…
Oyuka debió recordar que Kayo estaba convencida de que su marido y su hijo seguían vivos.
Con eso lo entendió; ya que no sabía que Kayo se había reunido con Miku y Rin después de haber regresado a Enbizaka.
Tal vez juzgando que no debía entrometerse demasiado en esta conversación, Oyuka se levantó de repente y se calzó los zuecos.
—Entonces, ten cuidado, Kayo-san. Podría haber un asesino al acecho por estos lares.
—Tú también ten cuidado, Oyuka-san…
—Muy bien, nos vemos luego.
Oyuka le dio la espalda a Kayo y salió de la sastrería.
Tras despedirse de ella, Kayo volvió a su trabajo.
Poco a poco, pasó un hilo rojo del mismo color que el kimono roto por sus agujeros y los cerró.
No era extraño ver a Kayo reparando un kimono de esta manera.
Era el tipo de mujer que siempre estaba seria y trabajando duro.
-Sólo que esta vez el trabajo al que se dedicaba Kayo no era un encargo.
Porque la dueña de ese kimono rojo había fallecido justo la otra noche.
Kayo estaba volviendo a coser el kimono que había llevado Mei.

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