Capítulo 2-El Relato del Monje; Escena 2

La Sastre de Enbizaka, Páginas 188-191

Con el paso del tiempo, las heridas de Gakusha se habían curado casi en su totalidad, pero quedaban algunas cicatrices en el lado izquierdo de la cara y en el dorso de la mano izquierda.

Un día, mientras daba un paseo por los alrededores, Gakusha volvió al templo con una expresión alterada.

—Giyara-daishi. Hay problemas.

—¿Qué pasa, Gakusha?

—Me dirigía a la cima hace un momento y vi que había algunas personas sospechosas con armas en una cabaña de allí arriba.

—¿Son algún tipo de insurgentes?

—Podrían serlo. Pero parecen demasiado bien vestidos para ser bandidos.

—Nuestros suministros de comida están casi agotados. Y aparte, no puedo imaginar que sea cómodo para un hombre grande como tú vivir de las plantas de la montaña. Tal vez sea un buen momento para descender esta montaña.

Antes de que se pusiera el sol, Giyara se dirigió al monte Inasa con Gakusha detrás suya.

A pie, se dirigieron a la mansión del magistrado de Izami, Okuto Gato.

De camino, Gakusha ocultaba su rostro con la mano cada vez que se cruzaban con alguien, por lo que Giyara le preguntó:

—Gakusha. ¿Por qué escondes así tu cara?

—Mi cara se ha vuelto horrible por estas cicatrices de quemaduras. No quiero mostrársela a los demás.

Sin otro recurso, Giyara compró un sombrero fukaamigasa durante el viaje y se lo dio a Gakusha.

—Si te pones esto, no creo que nadie pueda ver tu cara.

Al recibir la noticia de que había «tipos sospechosos en el monte Inasa» de parte de Giyara, Gato tuvo esta respuesta:

—-Seguramente son las Masas con Túnica Carmesí.

—¿Qué clase de gente son las Masas con Túnica Carmesí? —preguntó Giyara a Gato.

—Son un grupo que tiene mala voluntad hacia los extranjeros.

Gakusha, que había estado en silencio detrás de Giyara, preguntó a Gato, con la cara cubierta por el fukaamigasa:

—¿Por qué no has movido una mano para detener a ese grupo, a pesar de saber que están ahí fuera?

—Tienen gente al acecho por toda la Jakoku. Hay muchos que están aliados con las Masas con Túnica Carmesí, mientras fingen en la superficie ser civiles ordinarios. Son marginales, pero no obstante, si levanto una mano contra ellos, existe la posibilidad de que se produzca un gran levantamiento.

—¿Así que no haces nada contra ellos?

—No tengo ninguna prueba real de que hayan cometido algún crimen. Un samurái no puede ir por ahí matando a la gente sin motivo.

—…

Gakusha no estaba satisfecho con eso, pero como no se le ocurrió nada más con lo que protestar, se retiró tranquilamente.

Al salir de la mansión de Gato, Giyara preguntó a Gakusha:

—Pienso reanudar mis viajes por varias tierras; ¿qué harás tú?

Gakusha pensó un momento y luego respondió:

—Me gustaría seguir estudiando a tu lado. Todavía no he llegado a la respuesta de quién soy.

—Eso me agrada. Bueno, entonces, vayamos.

Y así, Gakusha decidió emprender un viaje con Giyara.

Capítulo 2-El Relato del Monje; Escena 1

La Sastre de Enbizaka, Páginas 186-188

En la región norte de la capital de Jakoku, Eto, había un monje virtuoso llamado Giyara.

Cuando superó los sesenta años, emprendió un viaje por varios países en busca de la iluminación.

Algo sucedió cuando Giyara llegó a la tierra de Izami, muy al sur de Eto.

Se encontraba en plena escalada de una montaña llamada Monte Inasa cuando notó que una extraña criatura se arrastraba por el suelo justo en medio del camino.

Cuando se acercó a ella, vio que esta criatura tenía un aspecto muy peculiar. A simple vista parecía un pequeño carnero, pero sus patas eran delgadas como las de un pollo, y tenía una cola moteada que era como la de una serpiente.

Y en su espalda tenía un surtido de seis alas, grandes y pequeñas.

Giyara comenzó a cantar un sutra, creyendo que debía ser algún tipo de chimimouryou.

Pero al poco tiempo, la criatura se dirigió a Giyara, utilizando palabras humanas.

—Por favor, ayúdeme, señor monje.

—No puedo. No se puede permitir que monstruos como tú existan en este mundo. Debes volver obedientemente a la tierra de la oscuridad.

—¿Está diciendo que he hecho algo malo? Es una discriminación que me traten como si fuera una persona malvada sólo por mi aspecto.

—¿Estás diciendo que no lo eres?

—No lo sé. Cuando volví en mí, estaba tumbado aquí en esta montaña. No tengo recuerdos antes de eso. Así que si bien es muy posible que sea malvado como usted dice, señor monje, también existe la posibilidad de que no lo sea.

Imaginando que ciertamente había alguna razón en las palabras del monstruo, Giyara dejó de cantar.

Una vez que se acercó aún más, pudo ver que el monstruo estaba completamente cubierto de quemaduras.

—¿Cómo has llegado a tener semejantes quemaduras? —preguntó Giyara al monstruo.

—No lo sé. Como acabo de decir, no recuerdo nada de lo que me pasó.

—Por ahora atenderé tus heridas. Y después juzgaré qué clase de ser eres.

Giyara tomó el cuerpo del monstruo en sus brazos, y se dirigió a un templo montañoso cercano.

Era una ruina desolada que había dejado de utilizarse hacía mucho tiempo, pero fue allí donde Giyara prestó ayuda al monstruo, y luego pasó la noche.

A la mañana siguiente, cuando Giyara se despertó ya no había un monstruo ante él.

En su lugar, un joven estaba de pie en el jardín del templo, desnudo.

—¿Quién eres tú? —preguntó Giyara.

—Soy aquel al que salvaste.

—¿Ese monstruo? ¿Eres capaz de cambiar a una forma humana?

—Eso parece. O quizás esta forma humana es en realidad mi verdadero cuerpo.

Ciertamente, el cuerpo masculino tenía las mismas cicatrices de quemaduras que el monstruo, por lo que Giyara creyó en lo que decía.

Los dos acabaron permaneciendo juntos en la montaña hasta que las quemaduras del hombre se curaran.

—Aunque esté abandonado, este templo es sagrado. No sería bueno dejarte expuesto —dijo Giyara, dándole al hombre una túnica kasaya—. Si vamos a pasar tiempo juntos, debería tener algo para poder llamarte.

El hombre le dijo que no podía recordar su nombre, y entonces Giyara le dio el nombre de «Gakusha».

Giyara se pasaba los días cantando sutras en aquel templo de la montaña.

En cuanto a Gakusha, observaba embelesado el comportamiento de Giyara.

Un día, Gakusha le preguntó a Giyara:

—¿Son los sutras tan divertidos?

—No sé si son divertidos. Pero al continuar cantándolos, el hombre puede comprender las enseñanzas del iluminado, y acercarse a la iluminación por sí mismo.

—¿Crees que cantando esos sutras podré recordar quién soy?

—No lo sé. Sin embargo, si te interesa, te los enseñaré.

Gakusha comenzó a estudiar los sutras de Giyara.

Capítulo 1-El Relato de las Tijeras, Acto 7: Destino; Escena 5

La Sastre de Enbizaka, Páginas 174-183

Al pie del monte Inasa, Kokutan-douji y sus dos acompañantes estaban rodeados por todos los lados por hombres trajeados.

Los hombres trajeados eran todos empleados de la empresa Yarera-Zusco. Douji y los demás les habían seguido mientras buscaban a Kayo, pero evidentemente les habían descubierto.

—-¿Por qué nos seguís? ¡Contestad, maldita sea! —les gritó coactivamente un hombre de traje negro a los tres.

—… No es por ninguna maldad en particular. Sólo intentábamos reunirnos con Kayo-san —respondió Douji con calma.

Pero los hombres trajeados no parecían satisfechos con eso.

—Sudou Kayo es nuestra presa. No podemos tener a entrometidos como tú acompañándonos.

—¿Por qué estáis cazando a Kayo-san?

—Creemos que mató a la novia de Kiji, Miku.

—¿En qué se basan?

—… No tengo que responder a ninguna de sus preguntas.

Saruteito se adelantó a los hombres.

—Si sospechas que Kayo es la asesina, ¿no deberías decírselo a la gente de la oficina del magistrado? … eh.

—No puedo hacer eso. Kiji-sama ha pedido matar al culpable él mismo.

—-Así que todavía no tiene intención de renunciar a su venganza… eh.

En ese momento los hombres de traje se separaron, y otra persona apareció.

—“No te dejaré escapar fácilmente si das un paso en falso”… Estoy bastante seguro de que te lo dije, Saruteito.

—Kiji… Veo que sigues usando ese traje de mal gusto… eh —dijo Saruteito, mirando el traje blanco puro que llevaba Kiji.

—No creo que estés en posición de criticar mi sentido de la moda. ¿Qué tal si dejas de hacerme perder el tiempo aquí y vuelves a la búsqueda de tus cuchillas, eh?

—Por desgracia, necesito ver a Sudou Kayo para buscar las cuchillas… eh.

Kiji y Saruteito se miraron fijamente.

—…

—…

Observándolos, Inukichi le susurró a Douji:

—Oye, Kokutan.

—¿Qué pasa?

—¿No deberíamos estar golpeando a todos estos imbéciles?

—… No vayas por ahí iniciando peleas sin necesidad. Nuestro objetivo no es vencerlos.

—Eso dices tú. Me parece que quieren matar a Kayo-san. No podemos dejar que lo hagan, ¿verdad?

—…

Douji parecía estar reflexionando con preocupación sobre lo que debían hacer a continuación.

Kiji por su parte parecía estar haciendo lo mismo.

—-Bueno, de acuerdo. Nuestra primera prioridad es encontrar a Kayo. —Kiji levantó la mano derecha, y todos los hombres trajeados que estaban detrás de él se pusieron en guardia a la vez—. Te permitiré viajar con nosotros. Después de todo, estamos persiguiendo a una mujer que ha cometido asesinatos tan espantosos sin remordimiento. Puede que tenga algún grado inesperado de habilidad. No estaría mal tener aliados más hábiles con nosotros.

—… No tenemos intención de convertirnos en tus “aliados”, y no estamos planeando matar a Kayo.

—Como sea. En cualquier caso, no puedes dejar a Sudou Kayo escapar sin problemas, ¿verdad? Kokutan-douji.

—…

—Nuestro destino es un templo en ruinas situado en el corazón de la montaña. Recibí noticias de mis subordinados de que Kayo se escondía allí. Nuestra investigación será mucho más difícil cuando se ponga el sol, así que démonos prisa.

Kiji se volvió hacia la entrada del sendero de la montaña y comenzó a caminar hacia ella.

Los hombres de traje, así como Douji e Inukichi, le siguieron.

-Pero sólo Saruteito, que seguía de pie donde estaba, miró hacia la montaña y gritó:

—¡Espera! … eh.

Al oír eso, todos se volvieron hacia ella.

—¿Qué pasa, Saru? ¿Tienes que ir al retrete?

—Realmente eres un idiota, Inu. No es eso, alguien está bajando la montaña.

Saruteito señaló hacia la montaña.

—¿De verdad? No puedo verlo tan bien… —respondió Inukichi, entrecerrando los ojos en la dirección que señalaba Saruteito.

—-Es Sudou Kayo.

Fue Kiji quien respondió a continuación.

—¿Estás seguro, Kiji? —preguntó Douji.

—Sí. Tengo confianza en mi vista, pero… su aspecto… Parece que se dirige hacia aquí.

Mientras hablaba, un débil temblor apareció en los ojos de Kiji.

Tal y como dijo Kiji, Kayo bajaba por la montaña hacia ellos… Y finalmente, estaba cerca de la base donde estaban Douji y los demás.

Una vez que llegó tan lejos, todos los demás fuera de Kiji pudieron ver claramente el aspecto de Kayo.

Y todos se quedaron congelados en el lugar, sin palabras.

—…

—…

—…

Todo el cuerpo de Kayo estaba teñido de negro.

Un kimono negro, un obi negro, una horquilla negra.

Brazos negros, piernas negras, cara negra.

Y todo el mundo podía decir que esto era el resultado de un rociado de sangre descolorido.

—… Kayo-san.

Douji habló con gran dificultad, con voz ronca.

Kayo pareció darse cuenta de la presencia de Kiji y de los que estaban reunidos con él, y se dirigió tranquilamente hacia ellos.

Cuando vio que Douji estaba entre el grupo, Kayo pareció triste por un momento. Pero rápidamente se transformó en una sonrisa desconcertada y aliviada.

—Vaya… Encantada de conoceros a todos.

Kayo se paró ante el grupo, y luego extendió los brazos y se inclinó, como si quisiera mostrarse ante todos ellos.

Y luego dijo, de esta manera:

—¿Qué tal? ¿No soy hermosa?

«-Kiji sacó inmediatamente su espada y fue a acuchillar a Kayo con ella, pero fue detenido por Kokutan-douji. Mientras ambos discutían, la gente de la oficina del magistrado llegó del pueblo y se llevó a Kayo bajo arresto.»

—…

Elluka siguió escribiendo en su cuaderno, escuchando en silencio la historia.

«Al día siguiente, el miserable cadáver de Kai fue descubierto en el templo de la montaña. Un mes después, Kayo fue acusada de todos sus crímenes en un juicio celebrado por la oficina del magistrado… y fue condenada a ser ejecutada. Una semana después, Kayo fue decapitada en el único lugar de ejecución en la cima de la colina, y esa cabeza se exhibe ahora ante el lugar. »

—…

«Y con esto, mi historia ha llegado a su fin.»

Elluka dejó de escribir.

—… Perdón.

«Sí, ¿qué pasa?»

—Has estado hablando largo y tendido todo este tiempo, pero ahora que estamos terminando acabas las cosas a toda prisa.

«El tiempo después de la detención de Kayo es único. No tengo muchos detalles que pueda contarte al respecto…»

—¿Así es? Pero por lo que he oído por aquí hubo varios problemas después de que se determinara la ejecución de Kayo…

«… A decir verdad, en la época en que Kayo fue capturada, por alguna razón, mi conciencia se debilitaba más a menudo. Así que… esta última parte de la historia es algo que simplemente deduje de los rumores que la gente del pueblo contaba.»

—¿Tu conciencia se debilitó? ¿Sigue ocurriendo eso?

«No… Había perdido casi por completo la conciencia justo antes de la muerte de Kayo, pero en algún momento después de eso mi estado mental volvió a su vívida conciencia habitual. -Sin embargo, en ese momento la cabeza de Kayo ya estaba colocada ante el lugar de la ejecución, expuesta al aire.»

—Ya veo… —Elluka se puso a pensar una vez más—. -Me pregunto si fue el “antidemonio”…

«… ¿Qué es eso?»

—El otro “Contenedor del Pecado Capital” que mencionaste antes y que no era la tijera ni el espejo: tiene un poder único que los otros contenedores no tienen. La capacidad de debilitar y degradar el poder de los “Demonios del Pecado Capital” que habitan en los otros contenedores… He llamado a ese poder “antidemonio».

«¿Así que estás diciendo que el cambio en mi conciencia se debe a ese poder?»

—No eres un “Demonio del Pecado Capital”. … Pero dado que existes dentro de un Contenedor del Pecado Capital”, no hay garantía de que puedas escapar de la influencia del “antidemonio”. O también es posible que el “antidemonio” haya debilitado el propio “Contenedor del Pecadp Capital”, y como resultado tú, que estás dentro de él, hayas sido influenciada por eso. -Todo esto es sólo una conjetura, sin embargo. Todavía hay muchas cosas que no sé sobre ese “Contenedor del Pecado Capital».

«…»

—-Bueno, entonces…

Elluka cerró su cuaderno y se puso en pie.

Sí… Con eso, la totalidad de mi historia estaba terminada.

En otras palabras, eso significaba que yo ya no era de ninguna utilidad para ella.

Elluka recogió las dos tijeras.

«Tú… vas a borrarme, ¿verdad?»

Pero-Elluka negó con la cabeza y sonrió.

—No… Todavía no.

«… ¿Hm?»

—Todavía tengo un poco más de tiempo hasta que el barco parta. Antes de eso… hay otra persona con la que debo reunirme.

Elluka puso las tijeras en los pliegues de su traje.

—Incluso tú debes tener algunas cosas que te gustaría decirle a “ella” antes de desaparecer, ¿no?

«… Elluka-san. Tú… lo sabes, ¿verdad? Sabes quién soy.»

—El afecto que sentías por Kayo y que pude vislumbrar durante las pausas de tu historia, no soy tan cabeza dura como para no captarlo.

Pasando por debajo del cartel, Elluka salió de la sastrería.

En el cielo no había ni una sola nube, y había mucha gente caminando por Enbizaka.

Entre la gente que caminaba desde lo alto de la colina, vi al monje con el que Kokutan-douji había estado hablando antes.

—Hace buen tiempo… El mar debe estar tranquilo en un día como hoy.

«¿Sabes… dónde está?»

—No la buscaría si no conociera su verdadera localización. Después de descansar cuidadosamente durante todo un año, he recuperado mi poder mágico, el mismo que tenía en mi época de esplendor. Mis habilidades de investigación también han aumentado. … Bueno, fallaron cuando se trataba del espejo, de todas formas.

Elluka se dio una ligera palmadita en el bolsillo del pecho, donde había colocado las tijeras.

—Vamos, pongámonos en marcha, ¿de acuerdo, Kagura-san?

Ella comenzó a caminar hacia el mar.

Capítulo 1-El Relato de las Tijeras, Acto 7: Destino; Escena 4

La Sastre de Enbizaka, Páginas 168-174

Kayo había desaparecido…

Pero eso era sólo para la mayoría de las personas.

Naturalmente, yo sabía dónde estaba todo el tiempo.

Porque las tijeras en las que habito estaban siempre con ella.

Había un templo abandonado alrededor de la mitad del monte Inasa.

Kayo había estado acechando en el interior de este templo abandonado.

Había pensado que tal vez el hecho de que Kayo abandonara Enbizaka se debía a que Kiji y su gente habían empezado a sospechar de ella, pero entonces, ¿por qué habría elegido ese lugar para esconderse?

No podía leer la mente de Kayo. Así que en ese momento todavía no sabía la razón de sus acciones.

Pero ahora soy capaz de entenderla con bastante claridad.

Kayo lo supo por un sueño.

Que ese día, en ese lugar, llegaría.

Un hombre subió a la montaña.

El hombre era apenas piel y huesos; Venía solo, sin ningún compañero a su lado.

Poco a poco se fue quedando sin aliento.

La imagen de ese templo montañoso desolado entró en la línea de visión de este hombre mientras se agotaba.

No pudo percibir a nadie allí.

Probablemente pensó en descansar un poco.

Y así entró en los terrenos del templo de la montaña.

—Pareces agotado.

Cuando una voz le llegó de repente por detrás, el hombre dio un respingo y se giró hacia ella.

De pie, había una hermosa mujer.

—Disculpe… Parece que le he sorprendido —dijo la mujer, sonriendo.

—A-Ah… No, debería disculparme… Sinceramente, no pensé que hubiera nadie aquí —respondió el hombre, tambaleándose un poco.

—…

La mujer siguió sonriendo.

Pero no dijo nada.

—Encantado de conocerte, buenos días —saludó el hombre.

—-Sí, buenos días.

La mujer seguía sonriendo.

O al menos hacia una expresión que parecía una sonrisa.

—¿Por qué estás en un lugar como este? —preguntó el hombre.

—… Soy Sudou Kayo. Soy la que trabaja, trabajaba, como sastre en Enbizaka.

—Ah, tú eres Kayo-san, ¿verdad? He oído que ayudaste bastante a mi mujer, cuando estaba viva. —El hombre inclinó ligeramente la cabeza—. He oído que desapareciste; ¿por qué has estado viviendo en un lugar como este? —La boca del hombre se detuvo de repente cuando estaba a punto de continuar la conversación—. A-ah…

Parecía que por fin se había dado cuenta de algo, mirando por segunda vez el aspecto de Kayo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Kayo.

—Ese kimono rojo que llevas… lo reconozco.

—… Supongo que sí.

—¡Ese es el kimono de Mei! ¡Estoy seguro de ello! ¡Es el que hice para mi esposa! —gritó aquel hombre, señalando el kimono rojo de Kayo.

—Así es, Kai-san.

—¡Y eso no es todo! Ese… obi. Ese obi verde-

—Sí. Es el que llevaba tu hija Mik. Y… —Kayo sacó la horquilla amarilla de carey y se la puso en el pelo—. Esta es la horquilla que compraste para Rin-chan.

—Eso y el kimono y el obi fueron artículos robados de sus cadáveres… No puede ser… eso significa que tú…

—Correcto. Las maté a todas —respondió Kayo, todavía sonriendo.

Kai se desplomó sobre sus cuartos traseros y le preguntó a Kayo, alejándose de ella:

—¿Cómo pudiste? … ¿Por qué… harías algo así?

—-Verás, desde hace un tiempo he empezado a tener regularmente este extraño sueño.

—¿Un sueño?

—En el sueño, te conocí y me convencí de que eras mi propio marido.

Kayo se acercó lentamente a Kai.

—Y te vi junto a otra mujer, y como resultado de mi envidia la maté: la que llevaba el kimono rojo.

Kai, temblando, siguió alejándose de ella.

—Y aún más, a la mujer del obi verde, a la chica de la horquilla amarilla… Una a una maté a las que estaban cerca de ti. Porque estaba convencida de que todas ellas tenían relaciones extramatrimoniales.

Kayo se acercó más, y Kai retrocedió.

—Y al final, estuve al acecho en este templo de la montaña para verte. Y aquí me dijiste: “Encantado de conocerte, buenos días”.

Kayo sacó dos tijeras de los pliegues de su kimono, agarrándolas.

—Ahí me indigné y corté tu cuerpo en pedazos.

—Aa-aaah-

Ya agotado, a Kai no le quedaban energías para defenderse.

—-Justo antes de tu muerte, me informaste de algo. Y ahora… sé la verdad. Incluyendo por qué viniste hoy a este santuario de la montaña.

—¿Y… lo sabes? Lo que le ocurrirá a Enbizaka si me matan y todo se hace público… O más bien, lo que le ocurrirá a Onigashima en su conjunto…

—Por supuesto. También lo vi en el sueño. Aun así, aunque lo intente… ¡no puedo perdonarte!

Kayo llevó las tijeras occidentales, que sujetaba en su mano derecha, hacia la garganta de Kai.

—¡Guuugh!

Kai emitió un grito de dolor.

La sangre brotó de su cuello.

—Vamos, comencemos a coser… comencemos mi trabajo final.

Entonces clavó las tijeras orientales, que sujetaba en su mano izquierda, en el estómago de Kai.

Luego su brazo derecho.

Su brazo izquierdo.

Su pierna derecha.

Su pierna izquierda.

En sucesión.

Con cuidado.

Y muy rápidamente.

Cortó el cuerpo de Kai en pedazos.

El área alrededor de ellos se convirtió progresivamente en un mar de sangre.

Varias horas después, de pie allí, había un bulto de carne flotando en ese mar de sangre, que ya no era discernible como ser humano.

Y, manchada en esa sangre por todas partes,

Había un oni.

Capítulo 1-El Relato de las Tijeras, Acto 7: Destino; Escena 3

La Sastre de Enbizaka, Páginas 164-168

La sastrería sin Kayo en ella… Kokutan-douji esperaba allí solo su regreso.

Cuando vio pasar figuras humanas bajo el letrero de la tienda debió pensar que era Kayo la que regresaba. Levantó la cabeza ansiosamente, como si estuviera sorprendido, y miró hacia la entrada.

Pero una vez que vio que las figuras humanas eran sólo Inukichi y Saruteito, volvió a desplomarse con pesar.

—Ya veo. Tal y como dijo Inu, parece que estás aquí sentado, con la cabeza caída… eh. —Saruteito se acercó a Douji sin sentarse, mirándolo desde arriba—. He venido hasta aquí pensando que eras un hombre de espíritu… Qué patético. Desde que llegamos a Onigashima has perdido toda la energía que tenías… eh.

A pesar de la reprimenda de Saruteito, Douji permaneció mirando hacia abajo, sin ofrecer ninguna defensa.

—… Me pregunto si Kayo-san se vio envuelta en algún crimen. Como los asesinatos a cuchilladas… —murmuró, finalmente.

—Si eso es lo que piensas, ¿por qué no sales a buscarla? … eh.

—Lo hice. Pero no pude encontrarla.

—Sin embargo, ¿piensas quedarte aquí sentado y deprimido sin tomar ninguna otra medida para encontrarla? ¿No es ella la persona que podría ser tu madre? … eh.

En ese momento, Inukichi se entrometió en su conversación.

—En realidad, todo ese punto se ha vuelto un poco sospechoso.

—¿…? ¿Qué quieres decir? … eh.

—Ha surgido la posibilidad de que la revelación de la sirena en sí misma haya sido una mentira. Eso es lo que nos dijo la misionera llamada Elluka en la Casa de Comercio Freezis.

—¿Crees que hay alguna credibilidad en las palabras de una misionera? … eh.

—Bueno, no sé si puedo decir eso, pero… Para mí, al menos, no me pareció que estuviera diciendo tonterías.

—Y Kokutan siente lo mismo, ¿eso es lo que dices? Y supongo que por eso se muestra tan inquieto al respecto… eh.

Durante un rato, Saruteito siguió mirando con desprecio a Douji.

Y entonces le dijo esto:

—… Los chicos de la empresa Yarera-Zusco están intentando cazar a Sudou Kayo… eh.

Sorprendido, Douji miró a Saruteito.

—¿Lo están haciendo?  ¿Por qué…?

—Sabes quién es… a quién buscaba Kiji en un principio, ¿verdad? Si ha dictaminado que están cazando a Sudou Kayo, entonces en otras palabras… ya sabes lo que significa. … eh.

—No… no puede ser. Kayo-san no puede ser… la asesina.

La cara de Douji se había puesto pálida.

—Por supuesto, existe la posibilidad de que Kiji y los demás hayan errado el tiro. Sea como sea, pienso perseguirlos. También tengo algunos asuntos con Sudou Kayo… eh.

—¡Eh, iré contigo, Saru! —Inukichi levantó vigorosamente la mano—. Kayo-san se ha ocupado de mí, ya sabes. No la abandonaré así como así.

—Haz lo que quieras-Kokutan, ¿qué vas a hacer? … eh —preguntó Saruteito a Douji.

Este permaneció en silencio durante un rato, pero finalmente contestó, como si estuviera estabilizando su decisión,

—Yo… también iré.

—Me alegro de ello. Sé hacer espadas, pero no soy tan buena manejándolas. No puedo confiar sólo en los puños de Inu… eh.

—¿Crees que… tendremos que pelear con alguien?

—Tal vez. Como mínimo deberíamos estar preparados para meternos en alguna refriega con la gente de la empresa Yarera-Zusco. Parece que no nos tienen en muy buena estima… eh. —Mientras hablaba, Saruteito sacó una katana enfundada en su vaina y se la lanzó—. «Kyousen”-te devuelvo la katana que me confiaste. … eh.

—… Gracias, Saruteito.

Douji se puso de pie y sacó la armadura que había estado guardando en la cómoda, poniéndosela.

Luego se colocó la katana que había recibido de Saruteito en la cadera.

—Saruteito. ¿Dónde están ahora Kiji y los demás?

—Actualmente están todos reunidos en la base del Monte Inasa, al norte… eh.

—El Monte Inasa, huh-De acuerdo, vamos.

Douji pasó entre ellos para dirigirse al exterior de la sastrería.

Después, Saruteito e Inukichi le siguieron.

—Jeh Jeh.

Inukichi le dio una palmada en la espalda a Saruteito.

—Sabía que podía contar contigo, Saru. Siempre se puede esperar que la mayor sea fiable en momentos como éste.

—… Será mejor que te calles sobre mi edad.

—…

—…

—… Olvídalo.

—¡-! … ¡Eh!