Capítulo 2-El Relato del Monje; Escena 4

La Sastre de Enbizaka, Páginas 192-195

Después de que Gakusha hubiera hecho los ritos funerarios para el cadáver de Giyara, se dirigió a un lugar determinado.

Era la tierra de Izami, donde una vez se había derrumbado.

Hasta ese momento había viajado con Giyara, pero a partir de ahora estaría solo.

Llegó a esa tierra para recordar su objetivo original.

Después de subir al monte Inasa y acercarse al templo de la montaña donde había vivido una vez, Gakusha se metió entre la maleza cercana y se escondió.

Porque pudo ver a algunas personas sospechosas en el jardín del templo.

Todos tenían espadas en sus manos. Pero ninguno de ellos tenía aspecto de samurái.

Sin embargo, no estaban tan sucios como para parecer bandidos.

Gakusha recordó lo que había sucedido cuatro años atrás.

¿Son esas… las Masas con Túnica Carmesí? ¿Realmente siguen aquí después de que hayan pasado cuatro años?

No tenía ningún deseo de mezclarse con ellos.

Gakusha renunció a ir al templo de la montaña, y volvió al camino por el que había llegado.

Cuando llegó a la base de la montaña, el sol ya se había puesto.

—… Parece que será mejor que encuentre una posada rápido.

Se había acostumbrado a acampar, pero ciertamente no le importaría alojarse en un lugar con techo.

Justo en ese momento pasaba un mensajero, así que después de que Gakusha se pusiera bien su fukaamigasa le preguntó:

—Disculpe. ¿Hay algún lugar por aquí donde pueda pasar la noche?

—¿Como una posada? Si te diriges un poco al sur hay un lugar llamado Enbizaka. Probablemente encontrarás una por allí.

Gakusha agradeció al hombre y procedió a caminar hacia el sur.

Con el tiempo, la zona que le rodeaba se volvió cada vez más bulliciosa.

Había varias tiendas alineadas, y el camino que iba entre ellas descendía hacia una colina.

La colina en sí era Enbizaka, de la que había hablado el mensajero.

Gakusha siguió caminando, todavía con la fukaamigasa puesta.

Al final, había sido incapaz de desprenderse de ese sombrero durante cuatro años.

A estas alturas ya sabía que era una tontería preocuparse por las quemaduras de su cara, pero aun así no era tan agradable ver las expresiones sombrías que pasaban por quien lo veía.

Después de mirar a su alrededor durante un rato sin bajar la colina, puso bruscamente los ojos en el lugar de ejecución.

No es que tuviera nada que hacer allí.

Pero aun así Gakusha se dirigió hacia ahí.

Porque se había dado cuenta de que había una estaca de madera ante el lugar de ejecución, y que en ella se había colocado una cabeza sin cuerpo.

El pelo de la cabeza decapitada era largo y estaba manchado de sangre. Cada vez que soplaba el viento, ese pelo manchado de sangre se mecía de un lado a otro.

Al observarla más de cerca, pudo ver que se trataba de una mujer.

Esta cabeza había sido dejada aquí a la vista.

En otras palabras, eso significaba que esta mujer había sido una criminal, y que había sido ejecutada ahí.

Sin embargo, a pesar de eso, a Gakusha le pareció que su expresión había sido muy pacífica al morir.

Gakusha juntó las manos ante la cabeza y empezó a recitar un sutra.

Al cabo de un rato, una mujer se acercó con una flor en la mano.

Se inclinó ante Gakusha mientras éste seguía recitando sus sutras, y luego colocó la flor ante la cabeza decapitada.

Luego se puso al lado de Gakusha y juntó las manos hacia la cabeza decapitada.

—-¿Una conocida tuya? —preguntó Gakusha, dejando de cantar.

—Sí… Era mi amiga.

—¿Qué clase de crimen cometió?

—… Mató al dueño de una tienda de ropa y a su familia con unas tijeras.

A pesar de ser sólo una cabeza, y a pesar de que el pelo estaba manchado de sangre, los rasgos de esta cabeza expuesta tenían una estructura muy bonita.

Juzgó que seguramente había sido una mujer hermosa en vida.

¿Cómo podía una mujer tan hermosa matar a la gente de esa manera? -Gakusha se apresuró a preguntar, pero antes la dama interrumpió-:

—Tengo que irme pronto. Si mi marido se entera de que he venido aquí me llevaré una buena bronca.

—… Ya veo.

Gakusha se inclinó ante la mujer, y ella le devolvió el gesto; luego se dirigió hacia la colina.

—-Mujer. ¿Por qué mataste a esa gente? —dijo Gakusha a la cabeza expuesta.

Naturalmente, no hubo respuesta.

Una muerta y erosionada cabeza no podía hablar.

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