Capítulo 3-El Relato de Kokutan; Escena 4

La Sastre de Enbizaka, Páginas 222-225

Tres días después.

Mucha gente se había reunido en el lugar de ejecución de Enbizaka para ver la ejecución de la asesina de toda la familia Miroku, Sudou Kayo.

La multitud dio varios comentarios cuando Kayo-san se mostró, atada con una cuerda.

Hubo quienes se compadecieron de ella, y llegaron a llorar.

Hubo quienes la colmaron de abucheos.

Algunos se limitaron a mirarla, sin palabras.

Y otros la miraban con interés.

Yo no podía apoyarlos ni condenarlos.

Porque yo también estaba allí en ese momento, de la misma manera.

Para ver los últimos momentos de Kayo-san.

—… ¿Estás bien con esto? —murmuró Inukichi, a mi lado.

—¿Con qué?

—Todavía no es demasiado tarde. No hay muchos samuráis por aquí, ni siquiera guardias. Nosotros dos probablemente podríamos salvar a Kayo-san y escapar…

—No digas tonterías —le corté rotundamente—. Ella cometió un crimen. Ella misma lo ha reconocido y ha aceptado ser ejecutada.

—Pero… Entonces, como mínimo, no deberías estar aquí. Tener que ver morir a alguien importante para ti…

—Te equivocas, Inukichi.

Kayo-san había sido muy importante para mí.

Ella me había dado muchos recuerdos divertidos.

Y por eso…

—Tengo que verla morir.

El samurái verdugo se acercó hasta situarse ante la arrodillada Kayo-san.

Sosteniendo su katana con ambas manos, apuntó el filo de la hoja a su cuello.

Kayo-san cerró lentamente los ojos, aparentando estabilizar su decisión.

El verdugo levantó silenciosamente la espada en el aire.

A Kayo-san no se le permitió ni siquiera pronunciar unas últimas palabras.

El verdugo reforzó su agarre, las venas se hicieron visibles en sus brazos.

Y entonces…

Tras lanzar un pequeño grito, hizo caer la espada sobre el cuello de Kayo-san.

—…

—…

—… Esto debe ser una broma…

Una conmoción comenzó a mi alrededor.

La sangre fluía del cuello de Kayo-san.

Su cara estaba agitada por la agonía.

Parecía extremadamente doloroso.

Pero su cabeza no se había separado de su cuerpo.

—… Vaya, parece que falló —pude escuchar a alguien murmurar. Era la voz de Kiji.

El samurai ejecutor se apresuró a levantar su katana una vez más.

Y luego la hizo caer sobre el cuello de Kayo-san.

Dos veces. Tres. Cuatro.

Cada vez que lo hacía, Kayo-san gritaba.

Pero su cabeza nunca fue cortada.

Pude ver un extraño cambio en su cuello.

Su piel estaba cambiando de color, casi como si se convirtiera en escamas de pez.

Esas escamas cerraban la herida de su cuello y empezaron a reparar el daño.

La katana estaba, efectivamente, cortando el cuello de Kayo-san.

Pero las escamas estaban reparando el corte con un fervor aún mayor, por lo que no importaba el tiempo que pasara, su cabeza nunca caía.

—Es un m-monstruo… —susurró el verdugo.

Luego, finalmente, arrojó su katana y huyó del lugar.

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