Outlaw & Lychgate, páginas 24-26
-¿Debía realmente comportarse como un rey ahora que ha muerto?
Se preguntaba de vez en cuando.
Ya no tenía ninguna obligación de hacerlo. Todas las personas eran iguales ahora que habían muerto y se habían convertido en almas.
Y él estaba tan confundido al respecto como ellos.
Qué significaba esa «puerta» y qué había más allá de ella.
Parecía que todo el mundo podía adivinar la respuesta a eso.
En el momento en que apareció, había sido como si una especie de revelación divina se hubiera producido en su corazón.
Probablemente… al igual que le había ocurrido a los demás.
Suponiendo que esa revelación fuera una <indicación> que los guiara a todos hacia un nuevo mundo.
… Entonces no era necesario que él tomara las riendas.
Lo mejor sería dejarse llevar por la corriente junto a todos los demás.
Pero…
¿Era eso realmente suficiente?
-En el interior del bullicioso palacio, Arth volvía a reflexionar para sí mismo.
Después de la batalla, su hijo y su hija habían desaparecido… y aquella «puerta» había aparecido como en su lugar.
Esa puerta… ¿la provocaron Allen y Riliane?
Era natural pensarlo.
En ese caso… ¿qué podía hacer Arth, como su padre?
Sacudió la cabeza débilmente y luego se rió de sí mismo.
«… Nada. Sólo soy su padre… Eso es todo lo que puedo ser.»
No había necesidad de avergonzarse de ello.
Porque para un niño era una alegría crecer independiente de sus padres.
Entonces…
Todo lo que quedaba era ser él mismo.
—Aquí tienes. —Bruno había regresado después de ser enviado como mensajero—. Hay demasiada gente aquí. Tuve bastantes problemas para encontrarte. Me gustaría que te comportaras más como un rey y te quedaras descansando en tu trono en lugar de estar de pie en esta pequeña habitación.
—Lo siento, Bruno. Sólo necesitaba algo de espacio para pensar a solas… Bueno, ¿lo encontraste?
—Sí, lo he traído… ¿Eh, qué? —Bruno se dio la vuelta y se mostró ligeramente nervioso—. Estaba aquí conmigo hace un minuto…
Pasando por delante de Bruno mientras éste se quedaba parado, perplejo, Arth se movió ante la puerta.
—Vamos.
—De acuerdo… ¿Adónde?
—Al jardín de la azotea. Ahí es donde siempre me reunía con él.

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