Historia del Pecado Original, páginas 212-214
Una noche, cuatro días después.
Meta miraba a los bebés que habían sido puestos en cilindros dentro de la «Sala de Bebés».
—Jaja… Son tan lindos.
Nunca le habían interesado los niños, o eso había creído siempre. Pero cuando se encontraba ante estos bebés, que ella misma había tenido que parir, sentía que eran preciosos.
Era una pena que Pale no fuera el padre de los gemelos.
Y que no pudiera sostener a sus hijos con sus propias manos.
Mañana los gemelos serían trasladados al castillo.
Y finalmente… serían convertidos en receptáculos para los dioses.
—Al final… sois poco más que sujetos de experimentación.
Así era como ella había llegado a sentir, mirándolos fijados con tubos.
—Al igual que mi querido Pale…
-Entonces, ¿qué hay de ella misma?
Ese pensamiento le vino a la mente, sin proponérselo.
No podía recordar mucho de su pasado.
¿Dónde había nacido y con quién?
«Un cilindro de cristal… Un cuerpo sujeto con tubos…»
Debía ser la primera vez que veía algo así, pero le resultaba familiar.
«Pale… cariño… el hombre que amo…»
Cuando lo conoció, de alguna manera sintió esa familiaridad con él.
La chica en el cilindro, «Gretel», tenía los ojos abiertos.
Miró a Meta y extendió su pequeña mano.
Sin quererlo, Meta colocó su palma sobre la suya, a través del cristal.
En ese momento…
Los recuerdos destruidos de Meta comenzaron a renacer.

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