Historia del Pecado Original, páginas 102-103
Adam fue, efectivamente, engañado por Horus.
Incluso después de ir a las Doce Capitales Reales, no pudo reunirse con su verdadera madre.
—Aún no puedes ir. Tu madre tiene un cargo muy importante, y hay circunstancias que se interponen.
Tras esa explicación, Adam acabó viviendo en el Instituto de Investigación Real con Horus durante un corto periodo de tiempo.
Y así pasaron varios días… y varias semanas… y luego varios meses, y antes de que se diera cuenta las conversaciones sobre su madre se volvieron vagas y nebulosas, y Adam acabó convirtiéndose en el hijo adoptivo de Horus.
—No puedo permitir que te reúnas con tu madre tal y como estás ahora. Tendrás que estudiar para ser mucho más refinado… Más noble.
Así era como hablaba de él.
No era sólo por ser un niño que Adam creía fácilmente todo eso.
Dejando de lado todo lo demás, Horus era un hombre muy persuasivo. Si no hubiera sido un científico, probablemente habría tenido mucho éxito asumiendo la estafa como profesión.
Por otro lado, no había forma posible de alagar los métodos del solitario Horus para criar a un niño.
De vez en cuando, Adam se sentía menos un ser humano y más como simple ganado.
Ya no le preocupaba el hambre o el frío, y a través de las enseñanzas de Horus llegó a aprender grandes conocimientos.
Pero a través de eso también pudo comprender con mayor profundidad la disparidad de experiencias entre él y otras personas.
Los que vivían en las Doce Capitales Reales llevaban una vida acomodada gracias a las herramientas del legado.
Lo único que recibió Adam como ropa fue una simple bata blanca de científico, sin ningún adorno, y comía lo mismo todos los días: sólidos insípidos cuyo color ni siquiera podía distinguir.
Sólo se le permitía salir al exterior durante una hora al día, y eso era para comprar cosas bajo la dirección de Horus. Después, sólo se le hacía estudiar, dentro del instituto.
No iba a morir.
Pero, ¿se podía llamar a eso «vivir»?
Cada día esa pregunta daba vueltas en su mente.
—¿Puedo conocer a mi madre?
Cuando creció, Adam le hacía cada vez más esa pregunta a Horus.
Pero la simple respuesta que recibía era siempre la misma.
—Aún no.
Para entonces, Horus había adelgazado mucho más que cuando se conocieron, y parecía tener mala salud.
Ya casi no realizaba sus propias investigaciones, sino que confiaba la mayor parte de ellas a sus aprendices.
Y para entonces, Adam ayudaba en el instituto junto a esos aprendices.

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