Entre el equipaje que se había llevado a esta habitación desde mi casa en el bosque, había varios artículos que en realidad no me pertenecían.
La ropa vieja de mi madre. Para alguien que no me conociera, sería imposible distinguir entre las pertenencias mías y las de mi madre, así que era comprensible.
Los había guardado en el armario, pero finalmente hoy había llegado el momento de ponerlos en uso. Eran kimonos de Jakoku; elegí uno rojo.
Hacía mucho tiempo que mi madre me había enseñado a atar la faja. Todavía requería mucho más tiempo de lo que esperaba ponerme ropa de un estilo al que no estaba acostumbrada, pero logré arreglarlo.
Salí corriendo de la habitación y subí las escaleras.
Finalmente llegué a la puerta de Jackson y cuando la abrí pude ver que él había terminado con sus propios preparativos.
—Oh, ya terminaste de vestirte.
Jackson parecía ser mucho mejor que yo vistiéndose un kimono. La forma de usar un kimono correctamente debió haber sido una de las cosas que le habían enseñado sobre su ascendencia.
—Sí…
Me molestó un poco su comentario poco entusiasta.
Me hubiera gustado que me elogiara al menos un poco por hacer todo lo posible para vestirme con un kimono como este.
—Bueno, entonces, ¿nos vamos? El festival de verano comenzará pronto.
Salí de la habitación con Jackson.
El festival de verano de Lucifenia. Su historia era bastante antigua, aparentemente esta costumbre de lanzar fuegos artificiales al aire había comenzado alrededor de los años 500 EC.
Por un enfado con el vecino país de Elphegort, la gobernante de la época, la princesa Riliane, había ordenado que se incendiara el bosque que servía de frontera entre ellos. Un artesano observó las llamas mientras el bosque ardía, y se apoderó de la idea de usar cañones para hacer florecer flores de fuego en el cielo. La verdad, no sabía cuánto de eso era cierto o no.
Jackson me había enseñado la mayor parte de esa historia y cada vez que me daba cuenta del alcance de sus conocimientos, me arrepentiría un poco de no haber seguido más mi educación.
—Pero, ¿por qué el kimono? —le pregunté a Jackson mientras caminábamos juntos.
—¿Hmm? Porque es elegante, Élégant.
—Pero somos los únicos que los usamos.
—Porque esto es Lucifenia, no Jakoku. Pero no les hagas caso. Es muy sofisticado para nosotros apegarnos a nuestro propio sentido de la moda.
—Ja, ja. supongo que sí.
Durante estos últimos meses había podido ver bastante bien que él era, de hecho, un bicho raro.
No siempre era así. Hubo momentos en los que me lo encontraba en la ciudad por casualidad mientras hacía sus rondas, y durante esos momentos parecía tener un aire muy serio a su alrededor, y era muy frio con sus compañeros de trabajo.
¿Cuál era su verdadero yo?
No era como si Jackson fuera mi novio, y tampoco había usado mis “encantos femeninos» como lo había dicho Bruno.
Solo que, en algún momento, naturalmente habíamos empezado a llevarnos bien.
Jackson no se parecía a ningún otro hombre que había conocido hasta ahora. Era inteligente y de modales gentiles. Había momentos en los que parecía muy maduro y luego, de repente, comenzaba a actuar como un niño.
Era una persona extrañamente fascinante, cuando al menos estaba con él, podía olvidar las cosas malas de mi vida.
—Oh… Ha comenzado.
Jackson miró hacia arriba en respuesta a un fuerte ruido que reverberó en todo el cielo estrellado.
Siguiendo su ejemplo, también miré hacia el cielo.
Una bola de fuego se deslizaba entre las estrellas.
Finalmente, la bola de fuego se rompió y un gran anillo de flores apareció en la oscuridad.
—Así que estos son… fuegos artificiales… Son hermosos.
Esta fue la primera vez que vi fuegos artificiales.
Tampoco había flores como esas en el Bosque del Árbol Milenario, con un brillo tan bello.
—… Te ves feliz, Themis.
—¿Ah, sí?
—Sí. Estás sonriendo.
Quizás estaba feliz de poder ver los fuegos artificiales.
O tal vez…
Varias bolas de fuego se dispararon en el aire, y luego un jardín de flores rojas irrumpió en el cielo nocturno.
—Oh, wow… Eso fue asombroso. —Aplaudí sin pensarlo.
—Ja, ja, realmente lo dieron todo este año.
—¿No es siempre así?
—El festival de verano del año pasado, cuando me mudé a Rolled, no fue para nada como esto… Bueno, tal vez lo estén haciendo así porque no saben si podrán hacer un festival como este el próximo año.
—Te refieres a…
—La guerra. Sabes que el príncipe heredero de Asmodean fue asesinado, ¿verdad?
—Pero el asesino fue capturado y sentenciado, ¿no es así?
Según recordaba, el culpable era alguien de la República de Lucifenia.
—La radio anunció hace un rato que el veredicto había sido dado. Diez años de prisión. Es mucho, mucho más ligero de lo previsto. Es difícil pensar que Asmodean se callará al respecto. Podrían terminar declarando la guerra a Lucifenia.
No sabía mucho sobre política estatal. Aun así, sabía que la relación entre Lucifenia y los países vecinos no había sido tan buena últimamente.
Jackson exhaló un gran suspiro.
—Inestabilidad política, víctimas los fenómenos extraños… A veces puedo olvidarlo todo por lo pacífica que es esta ciudad, pero… no puedo decir que la situación en Lucifenia sea buena. Últimamente también ha habido un problema de asesinatos de figuras importantes.
… Sabía mucho sobre ese caso en particular.
Ghislain Aug, Rodolphe Hugo y Thabana Johnson.
Todas eran personas a las que había matado a tiros bajo las órdenes del «Amo».
—Parece que has estado muy ocupado últimamente, Jackson. ¿Cómo ha ido tu investigación?
—… No muy bien, no tengo ni una sola pista. No hay ni una pista que se relacione con el asesino en ninguno de los lugares de los crímenes. Sin duda, este es el trabajo de un profesional.
—… Ya veo.
Incluso si la policía hubiera logrado encontrar algo, no era probable que Jackson se lo contara a un civil como yo. No era tan estúpido.
Me asusté un poco.
No debía ser descubierta por asesinar gente.
Si Jackson supiera que soy una asesina, nunca más podría ver los fuegos artificiales con él de esta manera.
—Estás temblando un poco… ¿Tienes frío? —preguntó Jackson con algo de preocupación.
—… Solo un poco.
-—Parece que los fuegos artificiales casi terminan… ¿Qué tal si volvemos, eh? —dijo, tomando mi mano.
—Sí, claro.
Luego nos dirigimos a casa, mi mano con la suya.
Y, como si nunca hubieran existido, cesaron mis temblores.

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