Liam había llegado a la escena de la batalla de Tsukumo contra las tres hermanas, pero como era de esperar, no podía hacer otra cosa que mirar.
Las tres hermanas estaban constantemente a la defensiva.
Parecía que apenas lograban resistir la interminable serie de «milagros» de Tsukum.
El «poder» de Tsukumo se estaba utilizando con tal fuerza que amenazaba con involucrar incluso a otros humanos de la mansión. Liam ni siquiera podía acercarse a ella, y mucho menos prestarle apoyo.
Tsukumo realizaba un «milagro», y las tres hermanas lo contrarrestaban con sus «instrumentos de tortura».
Esto era ahora una batalla entre un monstruos.
Cuando Liam vio por primera vez el poder de Tsukumo en la Torre Torcia, se quedó simplemente atónito. Estaba tan abrumado por su intensidad que no tuvo tiempo de pensar en nada más.
Pero mientras observaba los «milagros» de Tsukumo desde una perspectiva un tanto tranquila, una emoción brotó en su interior.
Antes de darse cuenta, las lágrimas corrían por su rostro.
Se sentía insoportablemente triste e impotente.
—Señor Hargain… ¿Es esto lo que quería? Obligar a Tsukumo a usar tal poder… ¿Es esto tu…?
De repente, tanto los «milagros» de Tsukumo como las represalias del trío de hermanas usando sus «instrumentos de tortura» cesaron simultáneamente.
Una vez más se produjo un empate.
¿Qué clase de técnica usaría Tsukumo a continuación? Las tres hermanas se prepararon para lo que viniera después.
Sin embargo, este choque invisible terminó abruptamente.
—… Papá está en peligro…
Tsukomo de repente miró hacia otro lado.
—¡Ahora!
Maiden no desaprovechó esta oportunidad cuando notó que Tsuokmo se distraía.
Inmediatamente empezó a cargar hacia su objetivo, con una gran hoja sujeta en la parte superior de su brazo derecho.
Originalmente era parte de una guillotina. Sin embargo, debido a su tamaño, no podía ser llevado en el carro. Por lo tanto, sólo la parte de la hoja fue llevada.
Maiden decidió unir la hoja a su propio brazo, convirtiéndolo en un arma.
—… Muere.
Justo antes de que la cuchilla de la guillotina estuviera a punto de cortar el cuello de Tsukumo, ella se desvaneció.
Pareció disolverse en el aire, desapareciendo repentinamente del lugar.
El ataque de Maiden falló su objetivo como resultado.
—¡!
Maiden, aunque nerviosa, se preparó para un posible ataque sorpresa.
Sus dos hermanas mayores hicieron lo mismo.
Todas estaban en guardia por si Tsukumo reaparecía y les lanzaba un ataque. Durante un rato, permanecieron tensas y continuaron escudriñando sus alrededores.
Sin embargo…
Tsukumo no volvió a aparecer ante las tres hermanas.
—… ¿Huyó?
Rack habló pero no bajó la guardia. Estaba claro que estaban en desventaja. ¿Por qué esa chica necesitaría huir a pesar de eso?
—No estoy segura… pero parece que hemos escapado del peligro —dijo Gibbet. Ante sus palabras, la tensión finalmente abandonó los cuerpos de sus hermanas menores.
—… ¿No deberíamos perseguirla?
Ante la sugerencia de Maiden, Gibbet sacudió la cabeza con firmeza.
—Maiden, no olvides que nuestro objetivo final es rescatar a “Dios”.
—¡Silencio! ¡¡Monstruo!!
Antes de que se dieran cuenta, las tres hermanas se encontraron rodeadas de gente vestida con túnicas.
Algunos llevaban bastones, bolas de cristal o libros.
—¡Recibireis un castigo por parte de los magos de Crossrosier!
Estas personas probablemente se habían escondido en algún lugar por miedo a sufrir daños por los “milagros” de Tsukumo.
Tan pronto como Tsukumo desapareció, emergieron audazmente con confianza.
«Qué estupidez. Realmente es absurdo. Si los humanos son idiotas, estos lo son aún más. ¿De verdad dreen que pueden ganarnos?»
Gibbet sonrió para sus adentros.
—Bueno, Rack, Maiden. Parece que nos han rodeado, pero ¿qué hacemos?
En respuesta a la pregunta de Gibbet, Rack blandió su gato de nueve colas con una amplia sonrisa en la cara y respondió:
—¡Es obvio! Desahogar nuestra frustación por ser atacadas a mitad de camino ♪.
Entonces Maiden extendió en silencio ambos brazos.
En cada uno de sus brazos había una cuchilla de guillotina.
—Muy bien. Procedamos entonces. Presentemosles…
Mientras hablaba despreocupadamente, Gibbet recogió el «violín» caído.
—-El placer supremo… el «dolor».

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