Epílogo-La Chica Esmeralda; Escena 5

A la salida de la capital real, Raymond y Tsukumo esperaban ante un carruaje único y extravagante.

 

—Le estábamos esperando, señorito Raymond —dijo un elegante anciano junto al carruaje, haciendo una profunda reverencia .

 

—… ¿Bateau? Ha pasado mucho tiempo. Pareces bien preparado.

 

—La noticia de la muerte de Hargain también nos ha llegado. Ahora, por favor, suba. —El anciano abrió la puerta del carruaje. Era el mayordomo de Romalius y rara vez se aventuraba tan lejos de casa—. Como Lord Romalius está demasiado ocupado para venir él mismo, me he encargado yo.

 

—Incluso has preparado un carruaje… Es muy generoso por su parte —comentó Raymond mientras subía al vehículo.

 

—Se esperaba que esta vez nos acompañara un invitado importante. Parece que esa suposición era correcta… —Bateau miró a Tsukumo, que se había instalado junto a Raymond, y le dedicó una fina sonrisa.

 

—La “Humana Mágica Artificial”… parece que tuviste éxito en obtenerla.

 

—… Sí.

 

—¿Y qué hay del “Documento del Apocalipsis”?

 

—He recuperado ambos.

 

—Esas son buenas noticias. Lord Romalius seguramente estará complacido.

 

Mientras Bateau parecía encantado con esta información, Raymond miraba al techo del carruaje con una expresión compleja en el rostro.

 

«Así que todo salió exactamente como él había predicho.»

 

Romalius lo había previsto todo: Hargain actuando de forma independiente; su eventual autodestrucción; e incluso había asignado a Raymond la tarea de recuperar tanto la “Humana Mágica Artificial” como el “Documento del Apocalipsis XXVIII”.

 

El codicioso Romalius no entregaría fácilmente sus tesoros a nadie: sólo dio la mitad del “Documento del Apocalipsis LXXII” sabiendo perfectamente que Hargain acabaría muriendo.

 

Todo era sólo un cebo para desencadenar su furia…

 

La afirmación de que Beritoad se había quedado con la mitad del “Nº 72” también era falsa. Su última parte probablemente seguía guardada en el castillo de Romalius.

 

Raymond colocó su mochila llena de pertenencias a sus pies, donde podían verse atisbos del brazalete de oro que le había dado Liam.

 

¿Debía informar sobre este brazalete a Romalius o no? Esta pregunta le preocupaba mucho.

 

Ahora que ya no estaba Hargain, ¿perdería Tsukumo su habilidad si no poseía este brazalete? ¿Sabía Romalius de tal hecho?

 

Si aún no lo sabía, a menos que el propio Raymond se lo dijera, ya no habría más batallas contra espectros en las que participara Tsukumo…

 

Incluso Raymond comprendio lo increibles que eran sus habilidades despues de presenciarlas de primera mano durante su reciente prueba. Especialmente considerando que su origen eran poderes espectrales similares a los usados en sus propios hechizos…

 

—Papá… ¿a dónde vamos ahora? —preguntó Tsukumo con aspecto ligeramente ansioso.

 

—A mi casa —respondió Raymond—. Ya no puedes vivir donde vivías antes.

 

—Ya veo… Así que ya no puedo vivir en mi casa…

 

Tal vez ya se había olvidado de la mansión…

  

Y probablemente también olvidara pronto a Liam…

  

Pero a diferencia de ella, Raymond nunca olvida nada, a pesar de que los recuerdos se desvanecen con el tiempo, incluidos los acontecimientos que han ocurrido hasta ahora…

 

«¿Realmente somos tan diferentes?»

 

A pesar de las diferencias de origen, ambos eram capaces de usar poderes espectrales…

 

«Y si yo ya estoy usando estos poderes como medio para derrotar espectros… Si le digo a Romalius sobre el brazalete entonces lo mas probable es que el mismo destino le espere a Tsumuko.»

 

¿Era correcto arrastrarla a la batalla otra vez?

 

Junto a la lucha interna de si involucrar a Tsumuko mas o no, otra duda comenzó a arrastrarse dentro de su mente, cuestionando el usar su poder espectral si deseaba permanecer humano….

 

De lo contrario, ¿no sería algo contradictorio?

 

Los pensamientos de Raymond eran desconocidos para Bateau, que alegremente tomó asiento en el banco del cochero.

 

—Con esto, una parte de nuestros preparativos está completa. Si la otra va sobre ruedas, puede que no esté lejos el día en que toda esa torre pertenezca a Lord Romalius.

 

Sus palabras tenían un profundo significado.

 

Robar el poder de la alquimia a Beritoad, ¿podría ser que Romalius tuviera otro objetivo?

 

—¿“La otra”? ¿Y “toda esa torre”? … ¿Qué quieres decir con eso, Bateau?

 

—Vaya, parece que se me ha escapado algo sin querer. Eso es algo que no necesitas saber todavía; no te preocupes, todo se aclarará a su debido tiempo. Por ahora, volvamos al castillo. Descansa un poco, ya has cumplido tu papel por hoy.

 

Cuando Bateau blandió su látigo hacia el caballo, el carruaje comenzó su lento viaje.

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