Un chico desconocido.
Una chica desconocida.
Un campo de flores.
Una pulsera hecha a mano,
Con varias flores.
Un regalo.
¿Quiénes sois?
Gibbet estaba atormentada por un sueño que hacía tiempo que no veía.
Cuando tenía este sueño, siempre se perdía de vista.
En el sueño, Gibbet confirmó una vez más quién era: El instrumento de tortura “Gibbet” nacido en esta torre.
El nombre del artesano de instrumentos de tortura que la creó era Circa Lassen.
A Lord Hank le gustaba. La quería como a su hija, aunque fuera un instrumento de tortura.
Después de su partida, «Dios» le dio forma humana y le ordenó recoger sacrificios vivientes.
De este modo, «Dios» recuperaría el poder y Lord Hank, su padre, podría resucitar.
Eso era todo.
No debía haber errores ni dudas.
Sueños como estos no tenían sentido.
Pero ¿por qué ella, de entre las tres hermanas, tenía este tipo de sueños?
A diferencia de ella, las otras dos ni siquiera dormían.
A diferencia de ella, las otras dos ni siquiera comían.
Estas diferencias eran triviales, simples variaciones individuales.
Pero esa convicción vacilaba cada vez que tenía este sueño.
El sueño no terminaba.
Normalmente, el chico le daba una pulsera a la chica y ahí se despertaba.
Pero el sueño de hoy tenía continuaba.
Algo volaba hacia los dos.
Era… ¿Rabiah?
No.
No era un cuervo, si no un búho.
Un búho gigante. Más grande que los dos niños que tenía delante.
El búho atacó a la niña.
El niño lloraba.
Se produjo un enorme destello y, cuando todo se calmó, el búho había desaparecido.
Todo volvió a la normalidad.
Y todo cambió.
«Lo recuerdo.
Acabo de recordarlo ahora.
El nombre de ese búho…
Y el nombre de esa chica…
El nombre del búho.
Es «Stolasphia».
El nombre de la chica.
Es «Christabel».
Y ellas también son yo.

Una respuesta a “Capítulo 4―El Círculo del Mal; Escena 1”