Al norte de Lion City, en la región de Melbiland, Raymond, junto con Tsukumo, visitaba el lugar donde una vez había nacido y crecido, la «Aldea Melby».
Había una razón para venir aquí.
Tras la batalla con Amostia, Raymond intentó asestar el golpe definitivo al debilitado Beritoad, aprovechando la oportunidad.
Sin embargo, se produjo una interferencia inesperada: Rabiah.
Aquel cuervo apareció de la nada y se alejó volando hacia el norte con el cuerpo de Beritoad en sus garras. Era injusto que tuviera alas.
Por supuesto, inmediatamente intentaron perseguirlo, pero de nuevo se produjeron interferencias. Raymond y Tsukumo habían agotado sus fuerzas, y no tenían espacio para esquivar la jaula de hierro que cayó del cielo. Tras escapar finalmente de la jaula, ya habían perdido de vista no sólo a Beritoad, sino también a las tres hermanas.
Ahora que la torre había desaparecido, la posibilidad de que regresaran a Lion City era escasa.
La única pista que quedaba era la información que Danny escuchó, que era que Rabiah -bajo el nombre de Blood- había sido miembro del consejo en la región de Melbiland.
En ese momento, Rabiah voló hacia el cielo del norte. La posibilidad era escasa, pero tal vez podrían encontrar nuevas pistas aquí. Raymond así lo pensó y por eso vino.
Por supuesto, no fue porque alguien les instruyera a ello, ni era debido a un «instinto».
Bateau los había traído aquí en carruaje. Ahora que Romalius había muerto, no debería haber ninguna razón para que ayudara a Raymond. No, más bien, Raymond era el responsable de matar a su amo. Raymond había considerado la posibilidad de que Bateau buscara venganza, pero trató a Raymond y a su grupo como de costumbre, prometiéndoles la misma lealtad que antes. Sus verdaderas intenciones no estaban claras. A pesar de intentar preguntarle muchas veces durante el viaje, la intensa determinación y la pena que emanaban de él se lo impidieron a Raymond.
En el claro donde antes estaba la aldea Melby, sólo quedaba una tumba. Tenía una lápida grabada con el nombre de «Selma Atwood», y los dos estaban de pie enfrente de la misma.
Raymond colocó el ramo que llevaba en las manos delante de la tumba, luego se arrodilló y rezó.
—Hey, papá. ¿Qué haces? —preguntó Tsukumo a Raymond con expresión curiosa.
—… Esta es la tumba de mi madre.
—¿Una tumba? ¿Qué es una tumba?
—Es donde descansa la gente que ha muerto. Algún día, tanto tú como yo acabaremos en un lugar así.
—Eh, suena aburrido.
—Sí, así es. Por eso es importante que los vivos visiten tumbas como ésta, para que la gente que está dentro de ellas no se sienta sola.
Raymond respondió así, pero la verdad era que no sabía realmente cuándo morirían él y Tsukumo. Ambos no eran humanos corrientes. ¿Cuánto tiempo podían vivir los semi-espectros o los seres mágicos artificiales? Ya no había nadie que pudiera decírselo.
Apartando la vista de la tumba, pudieron ver un río helado a poca distancia. La temperatura era tan baja que el agua había dejado de fluir. El río helado reflejaba la luz del sol y brillaba de blanco.
Mirando al cielo, no había ni una sola nube y el sol se asomaba con confianza. Sin embargo, por mucho que brillara, su luz no conseguía derretir el hielo.
¿Estaba el tiempo de Raymond, como este río, detenido? ¿O acabaría fundiéndose y fluyendo algún día?
Un pájaro negro volaba. Ver cuervos en Melbiland no era particularmente inusual, e incluso un cuervo solitario volando sin formar una bandada no era algo a lo que prestar mucha atención.
Sin embargo, cuando el cuervo se acercó poco a poco al cementerio y, además, llevando un sapo rojo a la espalda, Raymond no tuvo más remedio que desenfundar su estoque y adoptar una postura defensiva.
—¡Rabiah! Y… ¿Beritoad?
Había pensado que podría encontrar alguna pista, pero no esperaba encontrarlos tan fácilmente.
Tsukumo, influenciada por Raymond, se apresuró a prepararse para la batalla.
El cuervo se posó sobre la tumba de la madre. Aun así, cabía la posibilidad de que se tratara de un cuervo poco común con un sapo en el lomo, pero esa posibilidad se desvaneció al instante siguiente.
—Oh, encontrarnos en un lugar como este, ¿eh? ¡Qué casualidad!
Con esa voz frívola, el cuervo habló.
—¡Esas son mis palabras, Rabiah! Y Beritoad… Quiero decir, ¿por qué estás en forma de sapo?
El sapo rojo respondió a la pregunta de Raymond con una expresión que parecía contrariada.
—Bueno, parece que sufrí graves heridas justo después de ser resucitado y, además, usar demasiado poder no ayudó… Ese Romalius, realmente fue demasiado lejos con esta maldición —dijo Beritoad, parpadeando varias veces. Aunque había vuelto a ser un sapo, parecía que la herida en los ojos que sufrió en la batalla con Amostia se había curado por completo —. Antes de dejar este país, pensaba visitar varios lugares… pero encontrarte aquí, Raymond, qué casualidad.
—¿Dejaras el país?
Cuando Raymond preguntó, Beritoad croó y luego respondió.
—Eso he dicho. He causado demasiada conmoción en este país. Llegados a este punto, sería interesante cruzar el mar y ver qué hay allí.
—¿Está bien decirme algo así?
—Tarde o temprano, te enterarías y vendrías a por mí. Para mí es un asunto trivial. —Beritoad golpeó ligeramente la nuca de Rabiah con su pata delantera. Como señal, Rabiah batió las alas un par de veces y empezó a prepararse para volar—. Antes de que me atravieses con un rayo, me iré.
—¡Bueno, entonces, adiós!
Los cuerpos de Rabiah y Beritoad comenzaron a flotar en el aire.
—Si no volvemos a vernos, sería lo mejor… Bueno, cómo sea. ¡Raymond, te estaré esperando en la “Torre de la Tortura”!
Con estas palabras de despedida, Beritoad y Rabiah se alejaron volando, desapareciendo en el cielo oriental.
«¿La “Torre de Tortura”? La Torre Torcia está en ruinas… ¿Y por qué vinieron aquí en primer lugar?»
Raymond no pudo evitar descartar la posibilidad de que hubieran venido para visitar la tumba de su madre.

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