Epílogo―El Círculo del Mal; Escena 3

En una habitación poco iluminada, Maiden se despertó.

La frase «despertó» podría no ser exacta. Como instrumento de tortura, ella nunca dormía. Así que sería más apropiado decir que «volvió a su forma humana».

Primero miró la telaraña que había en una esquina del techo. Luego, se miró las manos y los pies, pensando: «Ah, ya veo. “Dios” ha vuelto.»

Al girarse, vio una ventana. Maiden la abrió y miró fuera.

Una vasta extensión de agua azul se extendía en el horizonte. Era una masa de agua mucho mayor que el lago visible desde las ventanas de la Torre Torcia. Maiden había cruzado este “mar” para llegar aquí.

Mirando hacia abajo, pudo ver débilmente el suelo expuesto. El solitario árbol de coníferas que crecía allí indicaba que esta nueva vivienda era mucho más alta y grande que la Torre Torcia. La vista desde el undécimo piso sobre el suelo hizo que Maiden se diera cuenta de que el entorno había cambiado.

Había varias opciones hasta llegar a este punto. Quedarse en el país original podría haber sido una de ellas, incluso si volvía a su forma original de instrumento de tortura.

Sin embargo, Maiden acabó aquí. Aunque alguien le preguntara las razones, ella no respondería.

Continuaría sin hablar, causando sufrimiento y matando gente.

Porque eso era lo que deseaban sus «dos padres».

Maiden intentó cerrar la ventana. Sin embargo, no se cerraba correctamente.

Tras una inspección más minuciosa, uno de los tornillos del soporte de la junta estaba suelto y el propio soporte estaba torcido y doblado.

Decidió empezar por arreglar este asunto. Salió de la habitación para buscar herramientas.

Las telarañas que colgaban le molestaban, pero comprendía bien que limpiarlas no era responsabilidad suya.

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