Capítulo 2-Las Tres Hijas del Señor Tortura; Escena 4

En Lion City, probablemente no haya nadie que no conozca el nombre del «Magnate Chamberlain».

 

Esta ciudad, sin productos locales destacables, vivió un periodo de gran prosperidad en un momento dado. Se descubrieron diamantes en una de las minas de carbón del norte de la ciudad, lo que provocó un frenesí, ya que los mineros acudieron en masa a Lion City en busca de fortuna.

 

Chamberlain era el propietario de esa mina. No era más que un terrateniente rural, pero consiguió amasar una gran fortuna gracias a ese «boom del diamante».

 

Por desgracia, la veta de diamantes se acabó en menos de diez años, y la «Economía del Diamante» de Lion City llegó a su abrupto fin.

 

Sin embargo, Chamberlain utilizó sus beneficios para comenzar varias nuevas empresas. Aunque no todas tuvieron mucho éxito, no cabe duda de que se convirtió en la persona más rica de Lion City, e incluso de las ciudades de los alrededores.

 

Tuvo dos hijos a los que adoraba.

 

Durante la época del «boom del diamante», Cynthia, la hermana mayor, que aún era una niña, se había convertido en una hermosa joven. Chamberlain la quería tanto que la presumía así: «Para mí, Cynthia es el diamante más precioso.»

 

Si algún “bicho” dañino se acercaba a ella, él lo eliminaba a conciencia.

 

Como Cynthia no mostraba ningún interés por el negocio de su padre, se esperaba que fuera su hermano pequeño, Danny, quien sucediera a Chamberlain como heredero. Él también se convirtió en un joven inteligente. Por aquel entonces, el envejecido Chamberlain insinuaba su jubilación a los que le rodeaban, y parecía que Danny se haría cargo de su legado en pocos años.

 

Sin embargo, hace poco, Danny cayó enfermo por una causa desconocida. Según Ian, el médico personal de la familia Chamberlain y también primo de Cynthia y Danny, «A este paso, no durará ni seis meses más».

 

Chamberlain se sintió profundamente deprimido, y cayó también enfermo por ello.

 

Mientras tanto, Cynthia, por el bien de su hermano y de su padre, se embarcó en la búsqueda de una cura para la enfermedad de Danny, incluso recurriendo a la ayuda de Ian.

 

Desde el colapso de su hermano, el ambiente en la casa se había vuelto completamente sombrío. Para restablecer el otrora luminoso y alegre hogar, Cynthia, que siempre había sido la protegida, realizó un esfuerzo sin precedentes.

 

Sin embargo, todos sus esfuerzos fueron en vano, e incluso después de tres meses, no se encontró ninguna solución eficaz.

 

Agotada, Cynthia pasó por casualidad por el «Bar de Stella». Allí se encontró con cierta joven.

 

Había oído rumores sobre ella. Hacía poco que había empezado a vivir en la Torre Torcia, a las afueras de la ciudad. Era la hija mayor del difunto Lord Hank. Fue ella quien le proporcionó una información inesperada.

 

—El Tesoro Demoníaco, la “Jarra de Basuzu”…

 

Si el agua curativa rumoreada en la Torre Torcia existía, podría ser capaz de curar la enfermedad de Danny.

 

Sin embargo, no era conveniente que la existencia de tal cosa fuera conocida por el público. Según el testamento de su padre, la información sobre la «Jarra de Basuzu» no podía hacerse pública.

 

—Para garantizar el secreto, por favor, ven a la torre discretamente. Si lo haces, compartiré contigo el agua curativa. —le dijo Gibbet a Cynthia.

 

Después de mucha deliberación, Cynthia decidió aceptar esta propuesta. Sin embargo, no pudo ocultárselo a Ian, que había estado cuidando de ella, y acabó contándoselo. Al enterarse, Ian insistió en acompañarla a la torre para comprobar la verdad. Incapaz de rechazar la insistencia de Ian, Cynthia acabó aceptando su compañía.

 

Una de las razones por las que Cynthia no podía negarse era que había empezado a desarrollar sentimientos de gratitud hacia Ian, que estaba haciendo todo lo posible por ayudarla, sentimientos que iban más allá de su relación de primos.

Capítulo 2-Las Tres Hijas del Señor Tortura; Escena 3

Gibbet y los demás entraron esa noche en el almacén para elegir las herramientas que utilizarían.

—Bueno, ¿cuál elegiré hoy~♪?

Rack contemplaba alegremente las herramientas alineadas en las estanterías. Al verla así, Gibbet la interrumpió.

—Recuerda, yo voy primero, como siempre.

Primero, Gibbet capturaría a los intrusos en el segundo piso, luego Rack, en el tercero, les infligiría dolor. Y finalmente, era el papel de Maiden en el cuarto piso acabar con los intrusos que para entonces ya no podían sentir la emoción del «sufrimiento».

Ese era el proceso de «tortura» que se había decidido hace tiempo.

Gibbet confirmó que los demás comprendían su papel y volvió a echar un vistazo al almacén.

Por mucho que limpiaran, las manchas de sangre de esta habitación nunca desaparecerían. Dichas manchas no estaban en la propia habitación; eran parte de los innumerables «instrumentos de tortura» que se guardaban ahí desde hace un largo período de tiempo.

Gibbet y sus hermanas también habían estado confinadas ahí como «instrumentos de tortura » en ese mismo almacén durante veinte años. Al menos, eso había dicho el “dios”.

Sin embargo, ni Gibbet ni sus dos hermanas tenían recuerdos de aquella época. En sus recuerdos más lejanos, las tres estaban ya en sus formas actuales, en esta torre.

Entre los numerosos «instrumentos de tortura», ¿por qué sólo ellas tres eran capaces de moverse así, con forma humana? Ya fuera porque fueron especialmente queridas por su padre o por alguna otra razón… Ellas mismas no entendían del todo las verdaderas razones.

Sin embargo, habían conservado su función innata, que consistía en infligir «dolor» a los humanos. Y su amor por su padre, Hank, que las había creado, también permaneció.

El «dios» les había enseñado muchas cosas. Que eran «instrumentos de tortura», que Hank había muerto, y también sobre el «deber» que debían cumplir a partir de ahora.

Gibbet y las otras dos tenían una misión. Era ofrecer sacrificios al «dios» y resucitar a su padre. Para ello, necesitaban atraer a los humanos a esta torre y seguir matándolos.

Pero no se trataba simplemente de matarlos.

Según el «dios», era más conveniente para la resurrección de su padre que los sacrificados sufrieran antes de morir.

—Bien, entonces… Elegiré mi herramienta.

Gibbet cogió una máscara de hierro que había en el estante superior.

—¿Empezamos con ésta?

Capítulo 2-Las Tres Hijas del Señor Tortura; Escena 2

En el último piso de la Torre Torcia, en la capilla, Gibbet estaba disfrutando de una taza de té.

 

Hay cuatro habitaciones en este quinto piso.

 

Entre ellas, dos están vedadas a las tres hermanas o, mejor dicho, no podían entrar porque no tenían las llaves.

 

Probablemente fueran el estudio y el dormitorio que pertenecieron al antiguo propietario, Hank Fieron. El que tenía la llave probablemente fuera el propio Hank Fieron. Por lo que era bastante difícil encontrar dichas llaves.

 

El lugar más grande de esta planta era un almacén donde se guardaban las herramientas de mantenimiento.

 

Y una cosa más, situada en el centro de la quinta planta, estaba la capilla. Gibbet estaba sentada en uno de los bancos para fieles, dispuestos como en una iglesia típica.

 

El altar al fondo era la morada de «Dios».

 

Y delante del altar, la «Jarra de Basuzu».

 

En el lado derecho del altar, había una escalera que conducía a la azotea. Por allí, Rack estaba descendiendo. Últimamente, se había convertido en su rutina diaria admirar la vista nocturna desde la ahí arriba.

 

—Oh, estás despierta, hermana. —Rack se acercó rápidamente y se sentó frente a Gibbet—. Siempre me he preguntado…. —Rack señaló la taza de té que Gibbet sostenía—. ¿Qué tiene de delicioso eso?

 

Gibbet bebió un sorbo de té y colocó la taza sobre su regazo.

 

—Me tranquiliza cuando lo bebo. Sobre todo cuando me despierto de una pesadilla.

 

—¿Una pesadilla?

 

—Sí. Rack, ¿tú no tienes sueños?

 

—No suelo dormir, así que no tengo ninguno.

 

—Siempre estás llena de energía, Rack.

 

Un débil sonido metálico se escuchó desde la puerta de entrada de la capilla detrás de Gibbet.

 

—Oh, es Maiden.

 

Ese sonido era el tintineo de la armadura de cuerpo entero que llevaba Maiden.

 

Pronto, la puerta se abrió y entró la más joven de las tres hermanas.

 

—He terminado de reparar la pared —dijo Maiden, con su habitual rostro inexpresivo.

 

Contrariamente a su apariencia, Maiden era la más hábil de las tres hermanas. Por lo tanto, ella se encargaba de todas las reparaciones en las instalaciones de la torre.

 

Maiden se sentó en el asiento detrás de Gibbet.

 

—Pronto se nos acabará la cal.

 

Gibbet respondió con una sonrisa al comentario murmurador de Maiden.

 

—Ya veo. Compraré un poco cuando vuelva a la ciudad.

 

Rack se inclinó hacia delante desde su asiento.

 

—Qué suerte. Tú si puedes salir de la torre, hermana.

 

—Es lo que hay. Si tú o Maiden salís de la torre, ya no podreís permanecer en vuestra forma actual.

 

—Si crezco, ¿podré salir como tú, hermana?

 

—Jeje, sí, eso creo. Definitivamente podrás.

 

Rack retozaba como siempre, y Gibbet respondía con calma, como siempre.

 

Maiden observaba en silencio sus interacciones.

 

Después de terminar su té, Gibbet se levantó de su asiento mientras aún sostenía la taza.

 

—Bueno, entonces, es hora de que nos vayamos de aquí.

 

—De acuerdo, empezaré a limpiar. —Para igualar a su hermana mayor, Rack también se levantó.

 

Al igual que Maiden estaba a cargo de las reparaciones, Rack tenía el papel de «limpiar dentro de la torre». Con el fin de cumplir con su deber, se apresuró hacia la entrada.

 

Pero en ese momento…

 

—Esperad. —De repente, una voz baja resonó desde el altar.

 

—Oh, Señor, ¿pasa algo? —Gibbet respondió con calma a la voz.

 

El dueño de la voz, procedente del altar, no se dejó ver; sólo su voz resonó en la capilla.

 

—Alguien ha entrado en el primer piso. Un hombre… y una mujer… Ambos parecen jóvenes. No llevan espadas ni pistolas… Parece que no tienen armas importantes, sólo un cuchillo de defensa personal.

 

—Qué descuidados.

 

—¿Tienes idea de quiénes pueden ser?

 

—Sí. Creo que son los que se me acercaron en el Bar de Stella el otro día.

 

Rack se llevó ambas manos a la nuca y se encogió de hombros despreocupadamente:

 

—Sí, esta vez no parece muy emocionante. Sería divertido si fueran como la persona anterior y fueran capaces de causar algo de alboroto.

 

Gibbet intentó decir algo, pero antes de que pudiera, Maiden se levantó y habló.

 

—Si eso ocurriera siempre, las reparaciones se volverían un problema…

 

—Sí, tienes razón. Reventarían cosas a diestro y siniestro. Por cierto, Maiden, esa vez recibiste un impacto directo, ¿estás bien?

 

—No fue gran cosa.

 

—Sigues tan robusta como siempre. Por cierto, realmente no esperaba que aprovechara la oportunidad, hiciera un agujero en la pared con una bomba y saltara desde allí. Es la primera vez que se nos ha escapado alguien así. ¿Estuvo bien dejarlo ir, Gibbet? —Rack miró a Gibbet.

 

—Según los rumores de la ciudad… —Gibbet adelantó sus palabras y comenzó a hablar—. Por suerte, fue encontrado por un transeúnte que le prestó primeros auxilios. Sin embargo, nunca recuperó el conocimiento… y aparentemente murió.

 

—Vaya, es impresionante, teniendo en cuenta que no fue una muerte instantánea.

 

—En cuanto a nuestras verdaderas identidades, dudo que la gente del pueblo lo sepa. Incluso si lo supieran, no creo que pudieran hacer nada contra nosotras. Son solo humildes humanos movidos por deseos egoístas, fácilmente atraídos por un cebo que cuelga delante de sus narices. Son frágiles e indefensos.

 

Una vez más, se oyó una voz grave desde el altar.

 

—Así es. Sois seres superiores a los humanos. Sois obras de arte creadas por el Señor Hank. Y con las ofrendas que me hacéis… vuestro poder aumenta en proporción. —Las tres hermanas escucharon en silencio la voz—. Ahora, salid hoy también. Adoradme. Para cumplir sus “deseos”.

 

—Como ordenes.

 

—¡Entendido!

 

—Sí…

 

Las tres respondieron por separado y comenzaron a caminar hacia la puerta de entrada, con sus pasos resonando en la capilla.

Capítulo 1-Las Tres Hijas del Señor Tortura; Escena 9

Un mes después.

 

Stella, la propietaria del «Bar de Stella», visitó el hospital de Benji Kemp para visitar a un paciente.

 

Tumbado en la cama del hospital había un individuo extremadamente vendado, cubierto de heridas de la cabeza a los pies.

 

Hace tres días, Stella se cruzó por casualidad con esta persona herida cerca de la Torre Torcia y la trajo aquí. El doctor Benji trató las heridas, pero la persona seguía inconsciente.

 

—¿Cómo está, Benji? —preguntó Stella.

 

Benji sacudió la cabeza con tristeza.

 

—Sinceramente, su situación es complicada. Puede que dure otros tres días…

 

—¿Por qué tenía tantas heridas…? ¿No deberíamos intentar encontrar a su familia o a alguien a quien llamar? —sugirió Stella.

 

—Si no recupera la conciencia, no hay mucho que podamos hacer. Con su cara… en estas condiciones, es imposible identificarlos —respondió Benji.

 

El cuerpo de la persona herida estaba cubierto de heridas, y su cara, en particular, estaba masacrada.

 

—No sé quién es, pero siento mucha lastima por él….

 

 

 

Raymond, un artista callejero, exhibía una vez más su número en la avenida central de Lion City. Vestido como un bufón, entretuvo a la multitud con sus trucos, reuniendo a un público pequeño pero entregado.

 

Tras terminar su acto final y hacer una reverencia, aplausos dispersos y monedas fueron arrojadas al sombrero colocado frente a él.

 

La actuación de la mañana llegó a su fin. Raymond compró una pizza en un puesto cercano y se sentó en un banco.

 

—Uf~

 

Mientras se tomaba un descanso y disfrutaba de la comida, oyó por casualidad una conversación entre mujeres cercanas, enzarzadas en una animada discusión.

 

—He oído que han encontrado a un herido desplomado cerca de la torre.

 

—Vaya, ¿en serio? Esa torre debe estar maldita, después de todo.

 

—Esa chica, la hija de Lord Hank, seguro que tiene algo que ver.

 

—Bueno, yo lo dudo mucho.

 

—Si no, entonces deben ser los espíritus vengativos de las víctimas de Lord Hank.

 

—No, no, seguro que son los pensamientos persistentes de los prisioneros que mató.

 

Mientras escuchaba distraídamente sus palabras, Raymond se metió en la boca lo que quedaba de su pizza.

 

—La “Hija del Señor Tortura”, eh… Como si alguien así existiera.

 

Nadie en esta ciudad sabe realmente la verdad.

 

El Señor Hank no tuvo ninguna hija. Lo que hay en aquella torre son los instrumentos de tortura que él dejó atrás, que amaba como si fuera su propia descendencia.

 

—Espectros morando en herramientas, ¿eh?

 

Tras reflexionar un momento, Raymond se levantó y empezó a prepararse para su actuación de la tarde.