Capítulo 2-Las Tres Hijas del Señor Tortura; Escena 3

Gibbet y los demás entraron esa noche en el almacén para elegir las herramientas que utilizarían.

—Bueno, ¿cuál elegiré hoy~♪?

Rack contemplaba alegremente las herramientas alineadas en las estanterías. Al verla así, Gibbet la interrumpió.

—Recuerda, yo voy primero, como siempre.

Primero, Gibbet capturaría a los intrusos en el segundo piso, luego Rack, en el tercero, les infligiría dolor. Y finalmente, era el papel de Maiden en el cuarto piso acabar con los intrusos que para entonces ya no podían sentir la emoción del «sufrimiento».

Ese era el proceso de «tortura» que se había decidido hace tiempo.

Gibbet confirmó que los demás comprendían su papel y volvió a echar un vistazo al almacén.

Por mucho que limpiaran, las manchas de sangre de esta habitación nunca desaparecerían. Dichas manchas no estaban en la propia habitación; eran parte de los innumerables «instrumentos de tortura» que se guardaban ahí desde hace un largo período de tiempo.

Gibbet y sus hermanas también habían estado confinadas ahí como «instrumentos de tortura » en ese mismo almacén durante veinte años. Al menos, eso había dicho el “dios”.

Sin embargo, ni Gibbet ni sus dos hermanas tenían recuerdos de aquella época. En sus recuerdos más lejanos, las tres estaban ya en sus formas actuales, en esta torre.

Entre los numerosos «instrumentos de tortura», ¿por qué sólo ellas tres eran capaces de moverse así, con forma humana? Ya fuera porque fueron especialmente queridas por su padre o por alguna otra razón… Ellas mismas no entendían del todo las verdaderas razones.

Sin embargo, habían conservado su función innata, que consistía en infligir «dolor» a los humanos. Y su amor por su padre, Hank, que las había creado, también permaneció.

El «dios» les había enseñado muchas cosas. Que eran «instrumentos de tortura», que Hank había muerto, y también sobre el «deber» que debían cumplir a partir de ahora.

Gibbet y las otras dos tenían una misión. Era ofrecer sacrificios al «dios» y resucitar a su padre. Para ello, necesitaban atraer a los humanos a esta torre y seguir matándolos.

Pero no se trataba simplemente de matarlos.

Según el «dios», era más conveniente para la resurrección de su padre que los sacrificados sufrieran antes de morir.

—Bien, entonces… Elegiré mi herramienta.

Gibbet cogió una máscara de hierro que había en el estante superior.

—¿Empezamos con ésta?

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